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El General Cesio cumple hoy 90 años. En el año 2014 recibió el Premio Nicolás Salmerón de Derechos Humanos que tuve el gran honor de entregar. Comparto nuevamente la nota que escribí con motivo de sus 87 porque no sólo es un ejemplo, sino un estímulo para quienes creemos que vale la pena todo lo que podamos hacer por un mundo más justo y en la defensa de los derechos humanos.

DOS ORILLAS

Como cada 1 de julio, felicito al General Juan Jaime Cesio por su cumpleaños y lo hago públicamente no sólo para homenajearlo, sino para dar a conocer su historia de honor y compromiso con la defensa irrestricta de los Derechos Humanos.

Esta vez empezaré por el final. Porque necesitamos finales felices tanto como necesitamos ejemplos, y su historia -afortunadamente- nos brinda ambos. Nos alegra el alma conocer finales felices a vidas dedicadas a la reafirmación democrática en tiempos de dictadura.

Porque a sus recién estrenados 87 años, el General Juan Jaime Cesio ha ganado al olvido y a la infamia. Su trayectoria vital no sólo es un ejemplo, sino un estímulo. Hoy disfruta de un retiro honorable, en compañía de su esposa, hijos y nietos maravillosos. Y en libertad.

Quienes no conocen al General Cesio se preguntarán el porqué de mi nota. Se extrañarán aún más si les cuento que este…

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Inspirado en el cuento “Oh quepis, quepis, que mal me hiciste (Con y Sin Nostalgia, 1977)”, de Mario Benedetti, y esperando contar con vuestra indulgencia ante el atrevimiento.

1.

“¡Sois bipartidistas!”, espetó el indignado al socialista. “¿No te has parado a pensar por qué seguís sin lograr vuestra revolución?”, dijo el socialista al anticapitalista. El comunista le dijo al indignado: “sin una ideología clara, sólo seréis funcionales al sistema”. El nacionalista le reprochó al socialista: “lo que pasa es que no tenéis en cuenta los sentimientos nacionales”.

Mientras tanto, en Moncloa, el presidente gris junto a su gabinete gris, se aprestaba a firmar el decreto que borraría los últimos vestigios de derechos sociales e igualdad de oportunidades. En la calle, ante la indiferencia de los viandantes, un grupo de fascistas insultaba a un refugiado.

2.

“Aunque mi ideal es una sociedad sin propiedad privada, respeto vuestra vocación de progreso y vuestras acciones a favor de la igualdad de oportunidades”, dijo el anticapitalista al socialista. “Un llamado de atención a los políticos y un poco de aire fresco en el Congreso, no debería considerarse nunca inoportuno”, reconoció el socialista al indignado. “Indignarse es un gran comienzo, pero es cierto que no es suficiente”, reconoció el indignado al comunista. “Creo que nos vendría bien un poco de tu obsesión por la justicia social”, dijo el nacionalista al anticapitalista.

la-vida-de-rajoy-en-la-moncloaEntonces el gabinete gris se retiró y dejó solo al presidente gris, que soltó su bolígrafo y abandonó Moncloa. En la calle, los fascistas se dispersaron avergonzados ante el reproche espontáneo de los vecinos.

María Claudia Cambi
Valencia, enero de 2016

_________________________________

Y de regalo, el de Benedetti:

Oh quepis, quepis, qué mal me hiciste
(Con y sin nostalgia, 1977)

1.
El obrero le dijo al militar progre­sista: “Buenas intenciones tal vez, pe­ro serás mandón hasta la muerte”. El militar progresista le dijo al blanco nacionalista: “¿Querés que te sea franco? Tu reforma agraria cabe en una maceta”. El blanco nacionalista le dijo al Batllista: “Lo que pasa es que ustedes siempre se olvidan de la gente del Interior”. El batilista le dijo al demócrata cristiano: “Yo es­cribo dios con minúscula ¿y qué?” El demócrata cristiano le dijo al so­cialista: “Comprendo que seas ateo, pera jamás te perdonaré que no creas en la propiedad privada”. El socialis­ta le dijo al anarco: “¿No se te ocu­rrió pensar por qué ustedes no han ganado nunca una revolución?” El anarco le dijo al trosco: “Son un gru­púsculo de morondanga”. El trosco le dijo al foquista: “Estás condenado a la derrota porque te desvinculaste de las masas”. El foquista le dijo al bolche: “También ustedes tuvieron delatores”. El bolche le dijo al pro­chino: “Nosotros nos apoyamos en la clase obrera: ¿también en este nos van a llevar la contra?” Y así sucesi­vamente. “Apunten ¡fuego!, dijo el gorila acomodándose el quepis, y un camión recogió los cadáveres.

 

2.
El batllista le dijo al blanco nacio­nalista: “Y bueno, hay que reco­nocer que ustedes han tenido a veces una actitud antimperialista que nos faltó a nosotros”. El blanco naciona­lista le dijo al socialista: “Quizá a mí me falta tu obsesión por la justicia social”. El socialista le dijo al demócrata cristiano: “Yo creo que nues­tras discrepancias acerca del cielo no tienen por qué entorpecer nuestras coincidencias sobre el suelo”. El demócrata cristiano le dijo al anarco: “¿Sabes qué rescato yo de tus tradiciones? Ese metejón que tienen ustedes por la libertad”. El anarco le dijo al prochino: “Pensándolo mejor no está mal que se abran las cien flores”. El prochino le dijo al bolche: “¿Qué te parece si hacemos una ex­cepción y coincidimos en eso de la justicia social?” El bolche le dijo al trosco: “Ojalá fuera cierto lo de la revolución permanente”. El trosco le dijo al foquista: “¡Ustedes por lo menos se arriesgan, carajo!” El fo­quista le dijo al militar progresista: “No creo que ustedes, como institu­ción, vayan alguna vez a estar del la­do del pueblo. Pero puedo creer en vos como individuo”. El militar pro­gresista le dijo al obrero: “Cuando suene aquello de Trabajadores del mundo uníos, ¿me hacés un lugarci­to?” Y así sucesivamente. “Apunten” dijo el gorila acomodándose el quepis. Entonces los soldados le apuntaron a él. Por las dudas no gri­tó: “¡Fuego!” Se quitó el quepis, lo arrojó a la alcantarilla, y algo descon­certado se retiró a sus cuarteles de invierno.

“¿Y vos qué sabés, si no vivís acá?”, es lo que nos dicen cuando no les gusta nuestra opinión. En cambio, si les damos la razón, nos premian con un “hasta los de afuera se dan cuenta”.

En realidad vivir afuera del país, ni nos incapacita para opinar, ni nos otorga la calidad de voz autorizada. Los que estamos en el exterior somos, primero que todo, argentinos. Nada más, ni nada menos. Las razones por las que estamos fuera de nuestro querido país y las circunstancias en las que nos encontramos, son tantas y variadas como personas somos. Y son personalísimas y privadas, por supuesto.

Argentina es para mí como una pintura impresionista ¿Vieron cuando uno mira un cuadro de Monet? Si te parás cerca sólo distinguís manchones de colores, pero si te alejás para contemplarlo, entonces visualizás perfectamente las flores sobre el agua, el puente, las lilas… Te alejás y… entonces, lo entendés.

Lo que sí es una constante entre muchos –muchísimos- de los argentinos que estamos fuera, es que el país nos importa tanto o más que cuando estábamos ahí. Nunca menos. Claro que no vivimos la cotidianeidad del día a día, no somos los que sufrimos un corte de luz o un atasco por obras, ni los que nos beneficiamos usando la SUBE o visitando Tecnópolis y los nuevos centros culturales. Pero no por eso se nos deja de arrugar el alma cuando las cosas no van bien, o nos llenamos de orgullo cuando se alcanzan logros como la recuperación de YPF, el matrimonio igualitario, la recuperación del empleo, la reducción de la pobreza, la soberanía satelital, y muchos más motivos de los que éstos son sólo unos pocos ejemplos.

Claro que no todos los argentinos en el exterior pensamos ni actuamos igual, pero somos muchos los que nos planteamos permanentemente qué podemos hacer por el país desde nuestro lugar. Y entonces nos encontramos con que cada uno de nosotros se convierte en un pequeño embajador popular de nuestro país en el extranjero.

Y así, un día nos damos cuenta de que somos militantes, no necesariamente de un partido, pero sí de un proyecto de país. Del proyecto que nos llena de orgullo. Y entonces nos ponemos a explicar boca a boca a cada español enfadado por lo de YPF, qué es lo que significa soberanía energética y recursos naturales, y lo importante que sería para ellos que -en lugar de defender los intereses de una multinacional que tributa en paraísos fiscales- exigieran a sus representantes que hagan lo mismo. Y ni hablar cuando el tema es la memoria histórica y los juicios a los responsables de delitos de lesa humanidad. O cuando contamos que, a pesar de todas las dificultades de las últimas décadas, en nuestro país el acceso a la universidad no dejó de ser gratuito, y que en los últimos años han obtenido el título universitario muchos jóvenes que son la primera generación de universitarios de familias obreras. O cuando damos verdaderas lecciones sobre finanzas internacionales explicando qué son los “fondos buitre” y la importancia de la lucha que está llevando a cabo la República Argentina en todas las instancias, incluso la ONU. Y estos son sólo, como decía más arriba, unos pocos ejemplos.

Particularmente, como integrante del Patronato de la Fundación Internacional de Derechos Humanos, que cada 10 de diciembre desde 2009 otorga el Premio Nicolás Salmerón de DDHH, siento un especial orgullo que el jurado de los premios, independiente y compuesto por personalidades del ámbito político, social y cultural de España y otros países, casi todos los años elija para alguna de las categorías un argentino. Así, en 2011 en la categoría internacional fue otorgado precisamente a nuestra Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, en 2013 a Abuelas de Plaza de Mayo, y en 2014 al General de la Nación Juan Jaime Cesio (fundador del CE.MI.DA). Al lado de otros premiados por la lucha que estaban llevando a cabo (algunos encarcelados y otros desde la casi clandestinidad) los premios a los argentinos eran por su lucha, sí, pero esencialmente por los logros tangibles ya alcanzados.

También nos tocó ser embajadores populares en los momentos más oscuros.  Algunos de nosotros ya estábamos residiendo en el exterior, y no nos olvidamos lo que vivimos en ese aciago diciembre de 2001. Despertarnos escuchando las noticias que contaban que en nuestro país moría gente en las protestas. Llegar llorando a la oficina y explicar que las lágrimas eran por mi país. Llorar por mis connacionales y porque en una semana decenas de miles de inmigrantes volvieron a sus países porque el nuestro ya no tenía un futuro que ofrecerles. Otros, como mi amigo Alejandro que ahora vive en Zurich -y a quien conocí justamente militando por la continuidad de este proyecto- estaban en ese oscuro diciembre de 2001 en Argentina, viviendo la inseguridad (sí, la inseguridad) y la violencia en las calles durante esos días. Represión, estado de sitio, no poder salir de su propia casa. Después el trueque, los patacones, la incertidumbre sobre el futuro, la desazón, el quiebre social, hambre y pobreza por donde fuera que se mirara.

Será por eso que para observar esa pintura que es la Argentina, los que estamos afuera nos esforzamos especialmente en no mirar los manchones sino en sentir las impresiones, en mirar el conjunto. Y ese conjunto nos dice que, a pesar de las manchas de pintura y de las manos embadurnadas del artista (ninguna creación es prolija y limpia, ni perfecta, crear implica ensuciarse, y también equivocarse y rectificar) el cuadro que vemos nos muestra figuras y luces que creíamos que jamás volveríamos a contemplar.

Es cierto que podríamos criticar a la gestión cosas que hemos criticado también a gobiernos anteriores, o a la mayoría de gobiernos del mundo, pero lo más importante es que al mismo tiempo podemos elogiar logros que hace décadas ya no nos atrevíamos ni a soñar. Por eso es que nosotros, como muchos argentinos en el exterior, militamos activamente para no volver atrás. Lo hacemos por el país, por nuestros hijos, amigos y familiares, los hacemos por los otros, pero también por nosotros. Porque no soportaríamos ver que se repite la historia. ¿Que no nos afecta? ¡Claro que nos afecta! Las personas solidarias, los que tomamos como propio eso de “la Patria es el otro”, no podemos ser felices cuando la Patria sufre, cuando los nuestros pierden lo que tanto costó conseguir.

Somos muchos los argentinos en el exterior que queremos a nuestro país, y que nos hemos convocado espontáneamente detrás de una única bandera: Por nuestros hijos, amigos y familiares, por los otros y por nosotros, no queremos volver al 2001.

Pase lo que pase el 22 de noviembre, seguiré sintiendo orgullo de mi país, pero hoy milito por la continuidad de un proyecto que nos permitió volver a soñar y volveré a hacer 350 km. hasta el Consulado en Barcelona para votar. El 22 de noviembre votaré SCIOLI-ZANNINI.


Llegó a la presidencia de la República Argentina el 25 de mayo de 2003, con apenas un 22% de votos. Cuando su adversario se apeó de su candidatura para impedir una segunda vuelta y escamotearle la legitimidad de una mayoría electoral, nadie imaginaba que sería capaz de construir su propia legitimidad con cada acto de gobierno y cada día de su mandato.

La manera en la que Néstor llegó a la presidencia me recuerda a una escena de comedia en la que cuando el sargento pide un voluntario que dé el paso al frente, dan todos un paso atrás, menos uno. Pues así fue, todos los presidenciables se iban apartando, como si la autopreservación fuera más importante que la responsabilidad histórica. Y ahí quedó, solito, Néstor Kirchner. Había sido intendente de la entonces capital más austral del continente, y luego gobernador de la provincia más despoblada del país. Era un dirigente militante, y aunque no parecía su momento, aceptó el reto.

Si hablamos de “herencia recibida”, un yunque ere etéreo al lado de lo que traía a cuestas el bastón presidencial: el país sumido en la más profunda depresión económica y en el mayor descreimiento de la ciudadanía en sus instituciones y en la política; una deuda externa de 180 mil millones de dólares; default; una desocupación de más del 25%; economía del trueque; monedas paralelas; cierre masivo de fábricas; emigración en masa… Se dice que el país estaba al borde del abismo, pero están equivocados. Ya había caído, y era profundo. No alcanzaba con quedarse quieto o moverse, había que trepar, y descalzos.

Ese 25 de mayo de 2003 se puso el país al hombro y entró en la Casa Rosada sin dejar sus convicciones en la puerta. Y por eso la “herencia recibida” nunca fue una coartada, ni una excusa, porque no las necesitó. Por el contrario, Néstor hizo más de lo que prometió y más de lo que cualquier prudente o tibio esperaba de su gestión.

Encaró una durísima y desgastante negociación con los acreedores externos y redujo la deuda en un espectacular 73%. Parece que resultó muy creíble cuando afirmó: “No se puede volver a pagar deuda a costa del hambre y la exclusión de los argentinos, generando más pobreza y aumentando la conflictividad social (…) los acreedores tienen que entender que sólo podrán cobrar si a la Argentina le va bien”. Cuando asumió, las reservas eran de tan sólo 11.100 millones de dólares y el peso de la deuda externa pública equivalía al 166 por ciento del PBI nacional. Néstor inició uno de los procesos de desendeudamiento externo soberano y de recuperación de reservas más exitosos de la historia económica global.

Colocó al Estado como protagonista e impulsor de la economía, y por eso, a pesar de que asumió la presidencia con más desempleados que votos, al final de su mandato había 5.000.000 de empleos creados y 200.000 nuevas empresas. Y todo este crecimiento sin recortar derechos sociales. Por el contrario, extendió la cobertura jubilatoria a millones de jubilados no protegidos por el sistema, construyó miles de viviendas, aumentó el presupuesto educativo y se llegó a construir a razón de una escuela por día en todo el país. Redujo drásticamente la pobreza y quebró la línea ascendente de desigualdad, reduciendo también la brecha entre los ingresos de los más ricos y los más pobres. En definitiva, logró un crecimiento económico extraordinario si se tiene en cuenta la situación de partida, sin resignar ampliaciones de derechos y la redistribución equitativa de esa riqueza.

Pero por si lo anterior no fuera ya suficiente, su política en materia de Derechos Humanos es un ejemplo en todo el mundo y un legado histórico incuestionable: impulsó en el Congreso la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, permitiendo el enjuiciamiento de cientos de represores. No hubo procesos indiscriminados ni vengativos, sino que cada caso avanzó con una fuerte documentación respaldatoria; creó la Unidad Fiscal de Coordinación y Seguimiento de las causas por violaciones a los Derechos Humanos cometidas durante el terrorismo de Estado y apoyó activamente las luchas de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.

Néstor KirchnerAsí, un presidente que llegó con sólo un 22% de los votos, trabajó su legitimidad cada día de su mandato y con cada decisión de gobierno. La prueba de haber honrado con creces el mandato popular es que -contrariamente a lo que normalmente ocurre- dejó la presidencia con más de un 60% de respaldo ciudadano. Fue un líder excepcional que afortunadamente llegó cuando más se lo necesitaba, y lamentablemente se fue, hace hoy cinco años, cuando todavía lo necesitábamos.

Pido perdón a los lectores, pero me resulta inevitable la comparación con el presidente del gobierno de España, Mariano Rajoy, que a días de cumplir cuatro años de gobierno, mientras el país continúa sin revertir la situación de desempleo y estancamiento, y se pierden derechos laborales, económicos y sociales a marchas forzadas (en una legislatura los derechos retrocedieron un siglo), todavía sigue hablando de la “herencia recibida” cada vez que tiene micrófono.

Mariano Rajoy - Plasma“¿A mí me vas a hablar de herencia recibida?” le diría  Néstor a Mariano si lo tuviera enfrente. Lástima que aunque fuera posible ese encuentro, no creo Mariano quisiera aprender de su experiencia. Exceptuando que ninguno de los dos se parece a Paul Newman ni logran que les queden bien los trajes, es difícil encontrar cualquier otra coincidencia. Y para ello, dos imágenes valen más que dos mil palabras.

 


La publicación original es de febrero de 2011. En España estaba Rodríguez Zapatero, y Cristina Fernández en su último año del primer mandato. Decidí republicarlo a raíz de un pequeño debate entre amigos acerca de ¿Cómo hacer una crítica seria sobre Venezuela sin que esta sea aprovechada por la derecha golpista?, y ¿cómo hacer una defensa racional de la institucionalidad venezolana sin que otros reclamen a uno más severidad con lo que consideran violaciones de los ddhh?
Pues acá van algunas reflexiones, que no resuelven el tema, pero procuran aportar algún criterio.

DOS ORILLAS

Cuando le preguntaron a Solón si había elaborado las mejores leyes para Atenas, respondió: “He elaborado las mejores leyes que los atenienses estarían dispuestos a soportar.” En materia de respeto a los Derechos Humanos, no existe el Estado o Gobierno perfecto. Los hay con mayor o menor déficit democrático y de respeto a los Derechos Humanos, pero ninguno podrá decir que los cumple en su integridad, sin fisuras, sin manchas. Y es que los Derechos Humanos son una construcción permanente, son -parafraseando a Eduardo Galeano- la utopía en el horizonte que nos obliga a avanzar en su búsqueda. Y en esa búsqueda del Estado perfecto e inalcanzable, es que vamos construyendo el Estado posible, el que nos sirve, el Estado inclusivo que nos permite luchar por conseguir nuestros derechos.

¿Quiere decir eso que debemos aceptar ese déficit  “iushumanitario” como una fatalidad, o como un precio a pagar por vivir más…

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Aunque sean otras las noticias que se llevan nuestra atención, no quiero dejar de recordar brindar mi pequeño y particular homenaje a Adriana y Hugo.
Hoy todos estamos pendientes de la crisis humanitaria de refugiados, de los que mueren huyendo del horror. Para algunos la historia de Adriana y Hugo no tiene nada que ver con las noticias de hoy. Para mí en cambio, y espero que para muchos, tiene TODO que ver.

DOS ORILLAS

El 4 de septiembre de 1977 Adriana y Hugo tenían 20 años y una hija de pocos meses, María Laura. Un domingo soleado, en casa de unos amigos y a punto de dar cuenta de una bandeja de ravioles, cien efectivos -CIEN- de las fuerzas de seguridad de Rosario, se los llevaron para no devolverlos más.

No faltará quien piense “Eso ya pasó, olvidemos de una vez. Como si no hubiera suficientes problemas que atender…”. Ni faltará tampoco quien vea las decenas de miles de secuestrados, asesinados y desaparecidos de la dictadura cívico-militar argentina -la más sangrienta de Latinoamérica- como una estadística, una cifra, impresionante, pero cifra al fin.

Para ellos, no encuentro mejor respuesta que estas palabras que reproduzco más abajo que no son mías sino de Laura, la hermana de Adriana. No acostumbro publicar textos de otros autores, pero en este caso, cualquier intento de usar mis palabras…

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Acerca de voluntariado y activismo.
Es la primera vez que reblogueo un artículo ajeno. Pero es que no podría expresarlo mejor.

Una realidad (in)visible

Publicado en Publicoscopia

La diferencia entre ser solidario a nivel ‘domestico’ y ser voluntario consiste básicamente en estar organizado y formar parte de una asociación. Se trata de organizar la actividad, ser más eficaces y ampliar nuestra capacidad de acción. El pasado viernes se celebraba el Día Internacional del Voluntariado y escuchaba decir a la directora de la Plataforma del Voluntariado en España, Mara Amate, que la única consecuencia “buena” de la crisis era el aumento de personas dispuestas a ayudar. Se refería al último estudio que aseguraba que el porcentaje de voluntarias y voluntarios en España había aumentado hasta el 10% de la población total. Uno de cada diez españoles y españolas, 700.000 personas, más aún si sumamos a los que realizan aportaciones económicas a las ONGs. Pero ¿realmente es algo positivo el voluntariado?

oxfam-we-can-change-the-worldSegún algunas Administraciones, podríamos dividir los tipos de voluntariado en social, cultural, medioambiental, de protección…

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