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Archive for the ‘Derechos Humanos’ Category


Inspirado en el cuento “Oh quepis, quepis, que mal me hiciste (Con y Sin Nostalgia, 1977)”, de Mario Benedetti, y esperando contar con vuestra indulgencia ante el atrevimiento.

1.

“¡Sois bipartidistas!”, espetó el indignado al socialista. “¿No te has parado a pensar por qué seguís sin lograr vuestra revolución?”, dijo el socialista al anticapitalista. El comunista le dijo al indignado: “sin una ideología clara, sólo seréis funcionales al sistema”. El nacionalista le reprochó al socialista: “lo que pasa es que no tenéis en cuenta los sentimientos nacionales”.

Mientras tanto, en Moncloa, el presidente gris junto a su gabinete gris, se aprestaba a firmar el decreto que borraría los últimos vestigios de derechos sociales e igualdad de oportunidades. En la calle, ante la indiferencia de los viandantes, un grupo de fascistas insultaba a un refugiado.

2.

“Aunque mi ideal es una sociedad sin propiedad privada, respeto vuestra vocación de progreso y vuestras acciones a favor de la igualdad de oportunidades”, dijo el anticapitalista al socialista. “Un llamado de atención a los políticos y un poco de aire fresco en el Congreso, no debería considerarse nunca inoportuno”, reconoció el socialista al indignado. “Indignarse es un gran comienzo, pero es cierto que no es suficiente”, reconoció el indignado al comunista. “Creo que nos vendría bien un poco de tu obsesión por la justicia social”, dijo el nacionalista al anticapitalista.

la-vida-de-rajoy-en-la-moncloaEntonces el gabinete gris se retiró y dejó solo al presidente gris, que soltó su bolígrafo y abandonó Moncloa. En la calle, los fascistas se dispersaron avergonzados ante el reproche espontáneo de los vecinos.

María Claudia Cambi
Valencia, enero de 2016

_________________________________

Y de regalo, el de Benedetti:

Oh quepis, quepis, qué mal me hiciste
(Con y sin nostalgia, 1977)

1.
El obrero le dijo al militar progre­sista: “Buenas intenciones tal vez, pe­ro serás mandón hasta la muerte”. El militar progresista le dijo al blanco nacionalista: “¿Querés que te sea franco? Tu reforma agraria cabe en una maceta”. El blanco nacionalista le dijo al Batllista: “Lo que pasa es que ustedes siempre se olvidan de la gente del Interior”. El batilista le dijo al demócrata cristiano: “Yo es­cribo dios con minúscula ¿y qué?” El demócrata cristiano le dijo al so­cialista: “Comprendo que seas ateo, pera jamás te perdonaré que no creas en la propiedad privada”. El socialis­ta le dijo al anarco: “¿No se te ocu­rrió pensar por qué ustedes no han ganado nunca una revolución?” El anarco le dijo al trosco: “Son un gru­púsculo de morondanga”. El trosco le dijo al foquista: “Estás condenado a la derrota porque te desvinculaste de las masas”. El foquista le dijo al bolche: “También ustedes tuvieron delatores”. El bolche le dijo al pro­chino: “Nosotros nos apoyamos en la clase obrera: ¿también en este nos van a llevar la contra?” Y así sucesi­vamente. “Apunten ¡fuego!, dijo el gorila acomodándose el quepis, y un camión recogió los cadáveres.

 

2.
El batllista le dijo al blanco nacio­nalista: “Y bueno, hay que reco­nocer que ustedes han tenido a veces una actitud antimperialista que nos faltó a nosotros”. El blanco naciona­lista le dijo al socialista: “Quizá a mí me falta tu obsesión por la justicia social”. El socialista le dijo al demócrata cristiano: “Yo creo que nues­tras discrepancias acerca del cielo no tienen por qué entorpecer nuestras coincidencias sobre el suelo”. El demócrata cristiano le dijo al anarco: “¿Sabes qué rescato yo de tus tradiciones? Ese metejón que tienen ustedes por la libertad”. El anarco le dijo al prochino: “Pensándolo mejor no está mal que se abran las cien flores”. El prochino le dijo al bolche: “¿Qué te parece si hacemos una ex­cepción y coincidimos en eso de la justicia social?” El bolche le dijo al trosco: “Ojalá fuera cierto lo de la revolución permanente”. El trosco le dijo al foquista: “¡Ustedes por lo menos se arriesgan, carajo!” El fo­quista le dijo al militar progresista: “No creo que ustedes, como institu­ción, vayan alguna vez a estar del la­do del pueblo. Pero puedo creer en vos como individuo”. El militar pro­gresista le dijo al obrero: “Cuando suene aquello de Trabajadores del mundo uníos, ¿me hacés un lugarci­to?” Y así sucesivamente. “Apunten” dijo el gorila acomodándose el quepis. Entonces los soldados le apuntaron a él. Por las dudas no gri­tó: “¡Fuego!” Se quitó el quepis, lo arrojó a la alcantarilla, y algo descon­certado se retiró a sus cuarteles de invierno.

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“¿Y vos qué sabés, si no vivís acá?”, es lo que nos dicen cuando no les gusta nuestra opinión. En cambio, si les damos la razón, nos premian con un “hasta los de afuera se dan cuenta”.

En realidad vivir afuera del país, ni nos incapacita para opinar, ni nos otorga la calidad de voz autorizada. Los que estamos en el exterior somos, primero que todo, argentinos. Nada más, ni nada menos. Las razones por las que estamos fuera de nuestro querido país y las circunstancias en las que nos encontramos, son tantas y variadas como personas somos. Y son personalísimas y privadas, por supuesto.

Argentina es para mí como una pintura impresionista ¿Vieron cuando uno mira un cuadro de Monet? Si te parás cerca sólo distinguís manchones de colores, pero si te alejás para contemplarlo, entonces visualizás perfectamente las flores sobre el agua, el puente, las lilas… Te alejás y… entonces, lo entendés.

Lo que sí es una constante entre muchos –muchísimos- de los argentinos que estamos fuera, es que el país nos importa tanto o más que cuando estábamos ahí. Nunca menos. Claro que no vivimos la cotidianeidad del día a día, no somos los que sufrimos un corte de luz o un atasco por obras, ni los que nos beneficiamos usando la SUBE o visitando Tecnópolis y los nuevos centros culturales. Pero no por eso se nos deja de arrugar el alma cuando las cosas no van bien, o nos llenamos de orgullo cuando se alcanzan logros como la recuperación de YPF, el matrimonio igualitario, la recuperación del empleo, la reducción de la pobreza, la soberanía satelital, y muchos más motivos de los que éstos son sólo unos pocos ejemplos.

Claro que no todos los argentinos en el exterior pensamos ni actuamos igual, pero somos muchos los que nos planteamos permanentemente qué podemos hacer por el país desde nuestro lugar. Y entonces nos encontramos con que cada uno de nosotros se convierte en un pequeño embajador popular de nuestro país en el extranjero.

Y así, un día nos damos cuenta de que somos militantes, no necesariamente de un partido, pero sí de un proyecto de país. Del proyecto que nos llena de orgullo. Y entonces nos ponemos a explicar boca a boca a cada español enfadado por lo de YPF, qué es lo que significa soberanía energética y recursos naturales, y lo importante que sería para ellos que -en lugar de defender los intereses de una multinacional que tributa en paraísos fiscales- exigieran a sus representantes que hagan lo mismo. Y ni hablar cuando el tema es la memoria histórica y los juicios a los responsables de delitos de lesa humanidad. O cuando contamos que, a pesar de todas las dificultades de las últimas décadas, en nuestro país el acceso a la universidad no dejó de ser gratuito, y que en los últimos años han obtenido el título universitario muchos jóvenes que son la primera generación de universitarios de familias obreras. O cuando damos verdaderas lecciones sobre finanzas internacionales explicando qué son los “fondos buitre” y la importancia de la lucha que está llevando a cabo la República Argentina en todas las instancias, incluso la ONU. Y estos son sólo, como decía más arriba, unos pocos ejemplos.

Particularmente, como integrante del Patronato de la Fundación Internacional de Derechos Humanos, que cada 10 de diciembre desde 2009 otorga el Premio Nicolás Salmerón de DDHH, siento un especial orgullo que el jurado de los premios, independiente y compuesto por personalidades del ámbito político, social y cultural de España y otros países, casi todos los años elija para alguna de las categorías un argentino. Así, en 2011 en la categoría internacional fue otorgado precisamente a nuestra Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, en 2013 a Abuelas de Plaza de Mayo, y en 2014 al General de la Nación Juan Jaime Cesio (fundador del CE.MI.DA). Al lado de otros premiados por la lucha que estaban llevando a cabo (algunos encarcelados y otros desde la casi clandestinidad) los premios a los argentinos eran por su lucha, sí, pero esencialmente por los logros tangibles ya alcanzados.

También nos tocó ser embajadores populares en los momentos más oscuros.  Algunos de nosotros ya estábamos residiendo en el exterior, y no nos olvidamos lo que vivimos en ese aciago diciembre de 2001. Despertarnos escuchando las noticias que contaban que en nuestro país moría gente en las protestas. Llegar llorando a la oficina y explicar que las lágrimas eran por mi país. Llorar por mis connacionales y porque en una semana decenas de miles de inmigrantes volvieron a sus países porque el nuestro ya no tenía un futuro que ofrecerles. Otros, como mi amigo Alejandro que ahora vive en Zurich -y a quien conocí justamente militando por la continuidad de este proyecto- estaban en ese oscuro diciembre de 2001 en Argentina, viviendo la inseguridad (sí, la inseguridad) y la violencia en las calles durante esos días. Represión, estado de sitio, no poder salir de su propia casa. Después el trueque, los patacones, la incertidumbre sobre el futuro, la desazón, el quiebre social, hambre y pobreza por donde fuera que se mirara.

Será por eso que para observar esa pintura que es la Argentina, los que estamos afuera nos esforzamos especialmente en no mirar los manchones sino en sentir las impresiones, en mirar el conjunto. Y ese conjunto nos dice que, a pesar de las manchas de pintura y de las manos embadurnadas del artista (ninguna creación es prolija y limpia, ni perfecta, crear implica ensuciarse, y también equivocarse y rectificar) el cuadro que vemos nos muestra figuras y luces que creíamos que jamás volveríamos a contemplar.

Es cierto que podríamos criticar a la gestión cosas que hemos criticado también a gobiernos anteriores, o a la mayoría de gobiernos del mundo, pero lo más importante es que al mismo tiempo podemos elogiar logros que hace décadas ya no nos atrevíamos ni a soñar. Por eso es que nosotros, como muchos argentinos en el exterior, militamos activamente para no volver atrás. Lo hacemos por el país, por nuestros hijos, amigos y familiares, los hacemos por los otros, pero también por nosotros. Porque no soportaríamos ver que se repite la historia. ¿Que no nos afecta? ¡Claro que nos afecta! Las personas solidarias, los que tomamos como propio eso de “la Patria es el otro”, no podemos ser felices cuando la Patria sufre, cuando los nuestros pierden lo que tanto costó conseguir.

Somos muchos los argentinos en el exterior que queremos a nuestro país, y que nos hemos convocado espontáneamente detrás de una única bandera: Por nuestros hijos, amigos y familiares, por los otros y por nosotros, no queremos volver al 2001.

Pase lo que pase el 22 de noviembre, seguiré sintiendo orgullo de mi país, pero hoy milito por la continuidad de un proyecto que nos permitió volver a soñar y volveré a hacer 350 km. hasta el Consulado en Barcelona para votar. El 22 de noviembre votaré SCIOLI-ZANNINI.

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Llegó a la presidencia de la República Argentina el 25 de mayo de 2003, con apenas un 22% de votos. Cuando su adversario se apeó de su candidatura para impedir una segunda vuelta y escamotearle la legitimidad de una mayoría electoral, nadie imaginaba que sería capaz de construir su propia legitimidad con cada acto de gobierno y cada día de su mandato.

La manera en la que Néstor llegó a la presidencia me recuerda a una escena de comedia en la que cuando el sargento pide un voluntario que dé el paso al frente, dan todos un paso atrás, menos uno. Pues así fue, todos los presidenciables se iban apartando, como si la autopreservación fuera más importante que la responsabilidad histórica. Y ahí quedó, solito, Néstor Kirchner. Había sido intendente de la entonces capital más austral del continente, y luego gobernador de la provincia más despoblada del país. Era un dirigente militante, y aunque no parecía su momento, aceptó el reto.

Si hablamos de “herencia recibida”, un yunque ere etéreo al lado de lo que traía a cuestas el bastón presidencial: el país sumido en la más profunda depresión económica y en el mayor descreimiento de la ciudadanía en sus instituciones y en la política; una deuda externa de 180 mil millones de dólares; default; una desocupación de más del 25%; economía del trueque; monedas paralelas; cierre masivo de fábricas; emigración en masa… Se dice que el país estaba al borde del abismo, pero están equivocados. Ya había caído, y era profundo. No alcanzaba con quedarse quieto o moverse, había que trepar, y descalzos.

Ese 25 de mayo de 2003 se puso el país al hombro y entró en la Casa Rosada sin dejar sus convicciones en la puerta. Y por eso la “herencia recibida” nunca fue una coartada, ni una excusa, porque no las necesitó. Por el contrario, Néstor hizo más de lo que prometió y más de lo que cualquier prudente o tibio esperaba de su gestión.

Encaró una durísima y desgastante negociación con los acreedores externos y redujo la deuda en un espectacular 73%. Parece que resultó muy creíble cuando afirmó: “No se puede volver a pagar deuda a costa del hambre y la exclusión de los argentinos, generando más pobreza y aumentando la conflictividad social (…) los acreedores tienen que entender que sólo podrán cobrar si a la Argentina le va bien”. Cuando asumió, las reservas eran de tan sólo 11.100 millones de dólares y el peso de la deuda externa pública equivalía al 166 por ciento del PBI nacional. Néstor inició uno de los procesos de desendeudamiento externo soberano y de recuperación de reservas más exitosos de la historia económica global.

Colocó al Estado como protagonista e impulsor de la economía, y por eso, a pesar de que asumió la presidencia con más desempleados que votos, al final de su mandato había 5.000.000 de empleos creados y 200.000 nuevas empresas. Y todo este crecimiento sin recortar derechos sociales. Por el contrario, extendió la cobertura jubilatoria a millones de jubilados no protegidos por el sistema, construyó miles de viviendas, aumentó el presupuesto educativo y se llegó a construir a razón de una escuela por día en todo el país. Redujo drásticamente la pobreza y quebró la línea ascendente de desigualdad, reduciendo también la brecha entre los ingresos de los más ricos y los más pobres. En definitiva, logró un crecimiento económico extraordinario si se tiene en cuenta la situación de partida, sin resignar ampliaciones de derechos y la redistribución equitativa de esa riqueza.

Pero por si lo anterior no fuera ya suficiente, su política en materia de Derechos Humanos es un ejemplo en todo el mundo y un legado histórico incuestionable: impulsó en el Congreso la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, permitiendo el enjuiciamiento de cientos de represores. No hubo procesos indiscriminados ni vengativos, sino que cada caso avanzó con una fuerte documentación respaldatoria; creó la Unidad Fiscal de Coordinación y Seguimiento de las causas por violaciones a los Derechos Humanos cometidas durante el terrorismo de Estado y apoyó activamente las luchas de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.

Néstor KirchnerAsí, un presidente que llegó con sólo un 22% de los votos, trabajó su legitimidad cada día de su mandato y con cada decisión de gobierno. La prueba de haber honrado con creces el mandato popular es que -contrariamente a lo que normalmente ocurre- dejó la presidencia con más de un 60% de respaldo ciudadano. Fue un líder excepcional que afortunadamente llegó cuando más se lo necesitaba, y lamentablemente se fue, hace hoy cinco años, cuando todavía lo necesitábamos.

Pido perdón a los lectores, pero me resulta inevitable la comparación con el presidente del gobierno de España, Mariano Rajoy, que a días de cumplir cuatro años de gobierno, mientras el país continúa sin revertir la situación de desempleo y estancamiento, y se pierden derechos laborales, económicos y sociales a marchas forzadas (en una legislatura los derechos retrocedieron un siglo), todavía sigue hablando de la “herencia recibida” cada vez que tiene micrófono.

Mariano Rajoy - Plasma“¿A mí me vas a hablar de herencia recibida?” le diría  Néstor a Mariano si lo tuviera enfrente. Lástima que aunque fuera posible ese encuentro, no creo Mariano quisiera aprender de su experiencia. Exceptuando que ninguno de los dos se parece a Paul Newman ni logran que les queden bien los trajes, es difícil encontrar cualquier otra coincidencia. Y para ello, dos imágenes valen más que dos mil palabras.

 

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Llegó a la presidencia de la República Argentina el 25 de mayo de 2003, con apenas un 22% de votos (cuando su adversario se apeó de su candidatura para impedir una segunda vuelta y escamotearle la legitimidad de una mayoría electoral, no imaginó que sería capaz de construir su propia legitimidad con cada acto de gobierno, desde el primer día hasta el último de su mandato).

La manera en la que Néstor llegó a la presidencia me recuerda a esa escena típica de comedia en la que cuando el sargento pide un voluntario que dé el paso al frente, dan todos el paso atrás menos uno. Pues así fue, todos los presidenciables del PJ se iban apartando, como si la autopreservación fuera más importante que la responsabilidad histórica. Y ahí quedó, solito, Néstor Kirchner. Había sido intendente de la entonces capital más austral del continente, y luego gobernador de la provincia más despoblada del país. Era un dirigente militante, y aunque no parecía su momento, aceptó el reto.

Si hablamos de “herencia recibida”, un yunque podía considerarse una pluma al lado de lo que traía a cuestas el bastón presidencial: el país sumido en la más profunda depresión económica y en el mayor descreimiento de la ciudadanía en sus instituciones y en la política; una deuda externa de 180 mil millones de dólares; default; una desocupación de más del 25%; economía del trueque; monedas paralelas; cierre masivo de fábricas; emigración en masa…

Ese 25 de mayo de 2003 se puso el país al hombro y entró en la Casa Rosada sin dejar sus convicciones en la puerta. Y por eso la “herencia recibida” nunca fue una excusa para incumplir sus promesas. Por el contrario, Néstor hizo más de lo que prometió y más de lo que cualquier prudente o tibio esperaba de su gestión.

Encaró una durísima y desgastante negociación con los acreedores externos y redujo la deuda en un espectacular 73%. Parece que resultó muy creíble cuando afirmó que “No se puede volver a pagar deuda a costa del hambre y la exclusión de los argentinos, generando más pobreza y aumentando la conflictividad social (…) los acreedores tienen que entender que sólo podrán cobrar si a la Argentina le va bien”. Cuando asumió, las reservas eran de tan sólo 11.100 millones de dólares y el peso de la deuda externa pública equivalía al 166 por ciento del PBI nacional. Néstor inició uno de los procesos de desendeudamiento externo soberano y de recuperación de reservas más exitosos de la historia económica.

Colocó al Estado como protagonista e impulsor de la economía, y por eso, a pesar de que asumió la presidencia con más desempleados que votos, la dejó con 5.000.000 de empleos creados y 200.000 nuevas empresas, Y todo este crecimiento sin recortar derechos sociales. Por el contrario, extendió la cobertura jubilatoria a millones de jubilados no protegidos por el sistema, construyó miles de viviendas, aumentó el presupuesto educativo y se llegó a construir a razón de una escuela por día en todo el país. Redujo drásticamente la pobreza y quebró la línea ascendente de desigualdad, reduciendo también la brecha entre los ingresos de los más ricos y los más pobres. En definitiva, logró un crecimiento económico extraordinario si se tiene en cuenta la situación de partida, sin resignar la ampliaciones de derechos y la redistribución equitativa de esa riqueza.

Pero por si lo anterior no fuera ya suficiente, su política en materia de Derechos Humanos es un ejemplo en todo el mundo y un legado histórico incuestionable: impulsó en el Congreso la derogación de las leyes de Obediencia de Vida y Punto Final, permitiendo el enjuiciamiento de cientos de represores. No hubo procesos indiscriminados ni vengativos, sino que cada caso avanzó con una fuerte documentación respaldatoria, se creó la Unidad Fiscal de Coordinación y Seguimiento de las causas por violaciones a los Derechos Humanos cometidas durante el terrorismo de Estado, y se apoyó activamente las luchas de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.

Así, un presidente que llegó con sólo un 22% de los votos, trabajó su legitimidad cada día de su mandato y con cada decisión de gobierno. La prueba de haber honrado con creces el mandado popular es que -contrariamente a lo que normalmente ocurre- dejó la presidencia con más de un 60% de respaldo popular. Fue un líder excepcional que afortunadamente llegó cuando más se lo necesitaba, y lamentablemente se fue cuando aún se lo necesitaba.

Pido perdón a los lectores, pero me resulta inevitable la comparación con el presidente del gobierno de España, Mariano Rajoy, que a días de cumplir tres años de gobierno, mientras el país continúa sin revertir la situación de desempleo y recesión y se pierden derechos laborales, económicos y sociales a marchas forzadas (en una legislatura los derechos retrocedieron un siglo), todavía sigue hablando de la “herencia recibida” cada vez que tiene micrófono.

¿A mí me vas a hablar de “herencia recibida”? le diría seguramente Néstor a Mariano. Lástima que aunque fuera posible ese encuentro, no creo Mariano tomara ninguna lección. Exceptuando que ninguno de los dos se parece a Paul Newman y que ninguno logra que le queden bien las chaquetas del traje, es difícil encontrar cualquier otra semejanza. Y para ello, dos imágenes valen más que dosmil palabras.

Néstor Rajoy

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El 21 de marzo es el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, en recuerdo de la matanza de Sharpeville, que tuvo lugar en Sudáfrica ese mismo día de 1960, cuando la policía abrió fuego contra una manifestación que protestaba contra el régimen del apartheid o segregación racial. Murieron 69 personas de raza negra –entre ellos niños- y 180 resultaron heridos.

Medio siglo después de la masacre de Sharpeville la discriminación racial sigue presente. No de la misma forma, por supuesto. El racismo violento –afortunadamente- se reduce a grupos de inadaptados, en muchos casos manipulados por agrupaciones políticas de extrema derecha. Aún así, siguen siendo marginales, y su violencia se combate con el Código Penal. Son delincuentes, y así deben ser tratados. Esos no me preocupan.

La discriminación racial que de verdad me preocupa y más extendida en nuestro entorno es ese racismo de baja intensidad, ese racismo que busca aprobación social y se entremezcla con la xenofobia, al punto que racismo y xenofobia pueden considerarse en esencia, lo mismo. Miedo al diferente que se manifiesta de diversas formas, desde el desprecio e invisibilización, hasta la agresión física, pasando por el convencimiento de que somos superiores, y de que son “ellos” los que deben cambiar y ser como “nosotros”, renunciando a su cultura si quieren que los aceptemos. Y me preocupa porque esa es la base sobre la asientan su crecimiento los partidos de ultraderecha en épocas de crisis económica. Como si de los recortes de salarios, salud pública, educación, etc., fueran culpables los inmigrantes y no los señores de traje y corbata que juegan a la ruleta con nuestro bienestar.

La mayoría de estas conductas discriminatorias vienen de personas que no se consideran racistas. “Yo no soy racista, pero…” y después el mazazo discriminatorio “no sé que hacen aquí, no se integran, comen cosas raras, se llevan las ayudas, nos quitan el trabajo…”. ¿Por qué es tan típica esta situación? Porque la xenofobia no deja de ser una distorsión en la percepción de la realidad, que nos hace sobrevalorar nuestra cultura, nuestra etnia y nuestras costumbres por sobre las demás. Pero el xenófobo no se acepta como tal, ya que no es consciente de su alteración en la percepción de la realidad.

El xenófobo no ve una persona, ve un extranjero. Allá donde lo que hay es un trabajador como él, ve un inmigrante que amenaza su empleo. Donde hay un emprendedor, ve un inmigrante al que seguro han ayudado más que a él. Donde hay un paciente, ve un extranjero que abusa de la sanidad pública. Su enfermedad consiste precisamente en no ver a la persona, y ver sólo la amenaza del diferente.

A esta altura algún lector pensará: “no será tan así… en muchos casos tendrán razón.” ¿Lo vemos en ejemplos? Los siguientes son sacados de la vida cotidiana.

Caso 1: A los extranjeros les dan preferencia en la sanidad pública

El señor hace cola para pedir cita a un especialista, justo delante de mí. Delante de él una joven latina. El señor se sentía algo molesto porque parece que no era la primera cola que le tocaba hacer ese día, y para desahogarse se puso a protestar al aire sobre lo mal que funciona la seguridad social en España y sobre cómo los extranjeros eran mejor tratados que los españoles. Buscaba la aprobación en mi cara, que por supuesto no encontró, sino que más bien recibió la siguiente respuesta con todo el acento argentino que pude: “debe haber algún extranjero que tiene beneficios dobles –el de él y el mío-  porque en mi caso, nunca nadie me dio un  trato preferencial por ser argentina.”

El caso es que cuando llega a la ventanilla la joven latina, obtiene cita para la semana siguiente. Le toca al señor enfadado y le dan cita para tres meses después, hecho que lo llevó a enfadarse aún más e increpar a la empleada que por qué a la extranjera la tratan mejor que a él. A lo que la empleada muy calmada pero muy firme y en voz alta le contestó: “SI USTED ESTUVIERA EMBARAZADO TAMBIÉN LE HABRÍA DADO CITA PARA LA PRÓXIMA SEMANA.”

Eso hacen la xenofobia y el racismo: el señor no vio una persona como él, no vio una paciente como él, no vio una embarazada (que por eso sí era diferente), sólo veía una extranjera morena.

Caso 2: Los extranjeros que abren un negocio no pagan impuestos y los nacionales sí.

Este suele ser un tópico recurrente. Cual leyenda urbana, en España todo el mundo conoce un comerciante nacional que se queja de los impuestos que tiene que pagar, y también conoce (en este caso es más probable que lo conozca el cuñado del primo de un amigo) un chino o un marroquí que acaban de abrir un negocio y no pagan impuestos.

Para desmontar este tópico es suficiente con responder: “No estoy enterado/a de que existan tales beneficios, pero supongo que si Ud. lo dice será porque conoce la ley o reglamento. Es más, las personas afectadas por esa situación deberían reclamar las mismas exenciones. ¿Podría decirme cuál es esa ley?”

De hecho, cuando he utilizado esta respuesta, lo más parecido a una exención para extranjeros que me han mostrado fue un convenio de doble imposición internacional entre España y China, que es moneda corriente entre un montón de países del mundo y que -entre otras cosas- sirve para que las empresas españolas puedan exportar sus productos a China -y crear empleo en España- sin tener que pagar impuestos en China. O sea: de exención para extranjeros… ni hablar.

La realidad es que las exenciones impositivas -muy pocas- ayudas y créditos blandos se dan –bajo determinadas condiciones- a todo emprendedor, independientemente de que sea nacional o inmigrante. Pero el xenófobo razona de esta manera: Manolo el de la peluquería de la esquina de toda la vida, no tiene ningún beneficio. Ahmed que acaba de abrir un peluquería, le han bonificado determinados impuestos y le han dado subvenciones. El xenófobo pensará: el marroquí tiene subvenciones y el nacional no. Porque en lugar de ver a un a un emprendedor -que es lo que le da derecho a las ayudas tanto si es nacional como inmigrante- ve al extranjero. La ayuda que recibe por la misma e idéntica razón un nacional no es noticia. La ayuda que recibe un extranjero automáticamente es vista como “ayuda para extranjeros”.

Caso 3: Los extranjeros desempleados reciben más ayudas que los nacionales.

Este comentario que tuve oportunidad de leer es antológico y se explica por sí mismo: “A mí no me dieron el subsidio de desempleo y a mi vecino que es extranjero sí. Yo tengo más derecho porque soy nacional.”

Claro,  el hecho de que para acceder a las prestación de desempleo es que haya realizado los correspondientes aportes -seas o no extranjero- es irrelevante para el xenófobo. ¿Acaso creerá que los extranjeros deben realizar los aportes obligatorios pero luego no recibir la prestación? O cuando hablamos de subsidios no contributivos, el hecho de que la razón por la que se concede o no esa ayuda es la existencia de cargas familiares resulta irrelevante para el xenófobo, que no ve que la razón para recibir o no dicho subsidio es tener o no tener hijos. Lo único que ve el xenófobo es al extranjero, e incluso llega a opinar cuando se le responde que el subsidio no lo recibe por ser extranjero sino por tener más cargas familiares.: “pero los extranjeros tienen más hijos que nosotros, así que también se benefician más.”

Es una respuesta real, dada por una persona que jura y perjura que no es xenófoba.

Caso 4: El gobierno beneficia la contratación de trabajadores extranjeros por sobre la contratación de nacionales

Esta vez, al igual que en el caso 2, opté por solicitarle a la persona que hacía esta afirmación la norma en la que se basaba. Y me adjuntó esto una resolución del ministerio de trabajo, del año 2011, que incentivaba la contratación de desempleados que provinieran del sector de la construcción.

Cuando le comenté que seguía con mi ignorancia porque en ninguna parte del documento podía encontrar la palabra extranjero, inmigrante, o similar, su respuesta fue: “La construcción es uno de los sectores incentivados con reducción de cuotas de la seguridad social, y como el sector de la construcción empleaba mucha mano de obra inmigrante, ahora hay un montón de desempleados extranjeros provenientes de ese sector que tienen incentivada su contratación y tendrán más facilidad para encontrar empleo.”

Otra vez viendo al extranjero, antes que a un trabajador del sector más castigado por la crisis, y cuya contratación se incentiva, tanto si es inmigrante o nacional. La xenofobia no permite ver al trabajador desempleado igual que muchos otros, sólo deja ver al extranjero, aunque en ese incentivo para la contratación, la nacionalidad no tenga nada pero nada que ver.

El caso de los casos, para la antología del disparate: Ana Botella y la inseguridad en la Comunidad de Madrid.

El 5 de febrero de 2003 fue un día infausto en la Comunidad de Madrid. 4 muertos por homicidio, resultado de tres hechos violentos, todos el mismo día. Preguntada por esos cuatro asesinatos, la esposa del entonces Presidente del Gobierno y candidata a concejal por el PP, Ana Botella, tardó décimas de segundo en vincular el aumento de la delincuencia a la llegada de inmigrantes.

http://www.elpais.com/articulo/espana/Ana/Botella/vincula/aumento/delincuencia/llegada/inmigrantes/elppor/20030206elpepunac_6/Tes

De ninguna de esas cuatro muertes en Madrid fue imputado un inmigrante, ni siquiera investigado. Desde el primer momento las investigaciones policiales se dirigieron a españoles que terminaron condenados por ello, uno de los cuales resultó ser un asesino en serie, el “asesino de la baraja”. http://www.elpais.com/articulo/espana/personas/fallecen/asesinadas/24/horas/Madrid/Navarra/elpepiesp/20030206elpepinac_26/Tes

Ana Botella nunca se disculpó por sus declaraciones. Simplemente que la habrán entendido mal.

¿Y tú, a quien ves cuando ves a un inmigrante?

 

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Hace unos días tuve una discusión con compañeros de trabajo, acerca del asunto Repsol YPF (comenzó sobre el rumbo de la economía española y sobre cómo había visto a Argentina en mi reciente viaje, y terminó -cómo no- en YPF).

Lo de ser la roja y feminista de la empresa ya lo tengo -y lo tienen- asumido, así como ya tengo asumidos -que no consentidos- los micromachismos cotidianos con los que tengo que lidiar, buscando -y no siempre encontrando- el equilibrio entre no dejar pasar ni una, y mirar para otro lado para no arruinar la comida.

Lo que rescato de esa discusión es uno de los argumentos, esgrimidos por un economista cuando, a la afirmación de que “no debíais haber privatizado en los 90 entonces”, respondí: “entonces me dáis la razon, la recuperación de las acciones de YPF es la corrección de una incorrección que no debió haberse producido”. Este economista entonces afirma: “Claaaaro, Claudia tiene razón y nosotros no. Si mi abuela un día malvende todos sus bienes y deja a sus nietos sin nada de herencia, podemos, ya que eso no estuvo bien, ir a los compradores y quitarles todo lo que compraron, Así de fácil y con todo el morro. (ironic mode off)”

Dejando de lado que en este ejemplo también podría caber la restitución si hubo vicio del consentimiento en origen, y que expropiar no es quitar por las buenas algo a otro ni es algo de países bananeros, sino que la expropiación por causas de utilidad pública es una institución reconocida y utilizada por muchos países, entre ellos España. Decía, dejando de lado eso, lo que me llamó la atención del argumento es la llana y directa asimilación, poniendo en igualdad de condiciones para su protección contra el dispendio y mala administración, a los bienes particulares (los tesoros de la abuela) y a los recursos naturales, los derechos soberanos de un Estado.

Debo reconocer que mis intentos de hacerle entender las diferencias entre uno y otro fueron inútiles. Para él, reconocer las diferencias hubiera implicado cambiar su ideología y su manera de entender la economía y el mundo.

Y es así, no se trata de gestionar mejor o peor, ni siquiera de ser más o menos corrupto (fijaros incluso lo que llego a decir poniendo la corrupción en un plano secundario), se trata de -básicamente y reconociendo matices- dos concepciones antagónicas. Para unos, la propiedad de los bienes en general -sea particular o colectiva- debe estar sometida al principio de función social e interés común, y con más razón los recursos soberanos de un Estado. Para otros, la propiedad privada es un bien sagrado e intocable, y no hay cuestión de soberanía ni de recursos naturales que pueda estar por encima de ese sagrado derecho, todos los bienes son mercancías en potencia, y como tal deben ser tratados, aunque hablemos de petróleo, o de vacunas.

Y por qué me acordé de esta discusión?

Porque ayer escuché -en un avance del programa Salvados, de Jordi Évole- a Eduardo Montes, presidente de la patronal de las compañías eléctricas españolas (UNESA) comparar la producción en el sector eléctrico con la producción de latas de sardinas. El programa se emitirá este domingo a las 21.30, pero ya puede verse un adelanto en la web de la cadena.

El número uno del lobby de las eléctricas, muy suelto de cuerpo, ante una pregunta alusiva a la inexistencia de auditorías sobre los verdaderos costes del sector,  respondió: “¿Hay algún organismo que controle lo que cuestan las latas de sardinas?”,

Finalmente, y a la pregunta sobre lo que pueden hacer las compañías eléctricas para paliar la situación del creciente número de ciudadanos afectados por la pobreza energética, Montes contesta: “Lo que no puede ser es que sean compañías privadas las que suplanten una obligación del Estado”.

Ahí tenéis en su estado más puro a un fiel representante de esta ideología para la que los derechos humanos, las sardinas, la educación, los artículos de lujo, la electricidad, los recursos naturales, la necesidad de alimentos, las acciones en bolsa, la salud, el dólar… es todo lo mismo: mercancías. Ah, eso sí, lo dijo el señor bien clarito: que de los pobres se haga cargo el Estado.

Te dirán que se trata de elegir buenos gestores, te dirán incluso que es mejor elegir gobernantes ricos porque no necesitarán robar y serán honestos (pocas gilipolleces mayores he escuchado en el tema político), te dirán muchas cosas para que creas que ya está todo establecido, que existe un orden intocable, que la economía es una ciencia absoluta como las matemáticas, y que sólo hay que elegir buenos administradores.

No les creas. La ideología sí importa.

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1) La llamada “doctrina Parot” del Tribunal Supremo español es un criterio sobre aplicación de beneficios penitenciarios. Cuando alguien resulta condenado a penas por encima del máximo previsto en la ley, esos beneficios pueden aplicarse sobre el total de penas o sobre el máximo que debe cumplirse legalmente. Si los beneficios que implican reducción de pena se aplican sobre el total de penas y alguien ha sido condenado a 1.000 años de prisión no es lo mismo empezar a descontar tiempo, comenzando en 1.000 años o en 30 años (que es el máximo de condena de cumplimiento efectivo), como es evidente. Hasta una fecha determinada, en España se aplicaba la redención sobre la pena máxima de 30 años.

2) El cabreo ciudadano ante el hecho de que asesinos múltiples con condenas enormes quedasen en libertad a los 20 años de estar en prisión provocó una reforma legislativa  en 2003 que dio lugar a una modificación del artículo 78 del Código penal (del nuevo Código Penal de 1995 -que vino a reemplazar al de 1973- y que ya había eliminado la redención de penas, aunque mantenía, lógicamente, otros beneficios penitenciarios).  Es decir que a partir de 1995 ya no existía la redención de penas -aunque sí otros beneficios- y se seguía tomando como condena el máximo de 30 años. A partir de 2003 se pasa a tomar para los beneficios el total de las condenas múltiples (1.000 años, por ejemplo, y no 30).

3) El sólo hecho de que se hable de que la doctrina lleve el nombre del condenado, Parot, y no del jurista que la elaboró, es un claro indicio de que fue concebida ad hoc, para cambiar la interpretación de la ley con miras a un caso específico ya ocurrido. Se refería a un delito cometido antes de 1995 (o sea que existía la redención de penas y se contaba el máximo de 30 años) pero que finalizaba su condena después de 2003. La sentencia del Supremo que recoge la doctrina Parot es del año 2006, y a partir de ahí se aplicó en todos los casos de presos por delitos múltiples que con el cómputo anterior saldrían a los 20 años de prisión, para hacerles cumplir el máximo de 30 años.

4) El Tribunal Europeo de Derechos Humanos -en relación a un caso concreto que fue llevado hasta él- no dice que el cómputo de las penas con la reforma penal de 2003 -que evita que criminales múltiples cumplan menos del máximo- esté mal, ni que el criterio de fondo de la doctrina Parot sea ilegal.

5) El Tribunal Europeo lo que hace es ratificar la vigencia plena para los Estados que respetan la Convención Europea de Derechos Humanos, de un principio básico del Derecho Penal de las sociedades democráticas: no hay delito ni pena sin ley penal que previamente lo establezca.

6) Este principio es una de la más importantes garantías ciudadanas contra la arbitrariedad del Estado y proporciona seguridad jurídica, al saber qué actos son delitos y qué sanción corresponde, antes del acto.

7) Cambiar el cómputo del cumplimiento de las penas extendiendo el período de prisión implica un cambio en la condena. Por ende, este cambio sólo puede aplicarse hacia el futuro: a los delitos cometidos con posterioridad a la nueva ley (a partir de 2003).

8) La doctrina Parot que extiende el período de prisión para determinados delitos múltiples, pretendía ser aplicada por el Tribunal Supremo español -y de hecho se aplicó- a delitos cometidos con anterioridad a su elaboración (el objetivo de esta doctrina es aplicar el cálculo extensivo de las penas a delitos cometidos antes de las modificaciones del Código Penal en 2003, puesto que a partir de aquí sí se aplica el cómputo extendido).

9) Es esto último lo que el Tribunal Europeo considera violatorio de la Convención Europea (art. 5.1, que prohíbe la aplicación retroactiva de la ley penal más gravosa): ya que al momento de cometerse esos delitos no existía el Código Penal de 2003 y el criterio del Tribunal Supremo español era distinto al de la doctrina Parot. No es cierto que el Tribunal Europeo esté en contra de la aplicación de los beneficios sobre el total de condenas, de lo que está en contra es de que este cambio se aplique retroactivamente, a delitos cometidos con anterioridad a la ley. Y sí, los Tribunales de Derechos Humanos tienen la saludable costumbre de velar por los derechos humanos.

10) A la civilización humana le ha costado miles de años llegar a reconocer la existencia de algo tan básico como que “todo ser humano tiene determinados derechos por el sólo hecho de ser humano” y que las garantías en materia penal son una protección al ciudadano, -como yo y como tú que estás leyendo- contra la arbitrariedad del Estado, no una protección a los delincuentes.

11) Muy débil sería nuestro Estado de Derecho y nuestra convicción democrática si un criminal -con la excusa de aplicarle el mayor castigo- nos llevara como sociedad a traicionar los más elementales principios de aplicación de los derechos humanos. Convencidos de nuestro triunfo, no hubiéramos sido mejores que el criminal.

12) Es normal que las víctimas se sientan agraviadas por la imposibilidad de extender las penas a delitos cometidos antes de 2003 y consideren que la sentencia es injusta. En realidad, ninguna sentencia sería justa desde su punto de vista, por imposibilidad de restaurar las cosas la estado anterior al delito y por imposibilidad de que exista un castigo acorde al daño. Incluso si hubiera pena de muerte ¿acaso podría ser castigado tantas veces como delitos cometió el reo? Hasta con la pena de muerte, recibiría el mismo castigo el condenado por un homicidio que por treinta, porque ambos morirían una vez.

13) Siglos de civilización nos llevó pasar de un Derecho Penal en el que regía la venganza privada, a un Derecho Penal que ponía el poder punitivo en manos del Estado. Claro que las víctimas deben ser oídas, resarcidas y reivindicadas. Pero así como nadie defendería seriamente que un paciente con cáncer sabe más que su oncólogo sobre cómo curar el mal, no se puede defender seriamente que sean las víctimas las que determinen la política criminal del Estado, que lo que debe perseguir no es la venganza sino la paz social, con respeto a los derechos humanos. Las víctimas son parte, por supuesto, con derecho a ser oídas, pero no son el legislador ni el juez.

14) Los medios de comunicación ante la sentencia: lamentablemente, salvo contadas y honrosas excepciones, han perdido una gran oportunidad de informar al ciudadano, optando por desinformar azuzando los instintos más básicos de venganza. Hoy cualquier televidente medio cree que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos “se ha puesto del lado de los terroristas”, cuando en realidad no ha hecho más que reafirmar los derechos humanos de todos los ciudadanos.

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