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Llegó a la presidencia de la República Argentina el 25 de mayo de 2003, con apenas un 22% de votos. Cuando su adversario se apeó de su candidatura para impedir una segunda vuelta y escamotearle la legitimidad de una mayoría electoral, nadie imaginaba que sería capaz de construir su propia legitimidad con cada acto de gobierno y cada día de su mandato.

La manera en la que Néstor llegó a la presidencia me recuerda a una escena de comedia en la que cuando el sargento pide un voluntario que dé el paso al frente, dan todos un paso atrás, menos uno. Pues así fue, todos los presidenciables se iban apartando, como si la autopreservación fuera más importante que la responsabilidad histórica. Y ahí quedó, solito, Néstor Kirchner. Había sido intendente de la entonces capital más austral del continente, y luego gobernador de la provincia más despoblada del país. Era un dirigente militante, y aunque no parecía su momento, aceptó el reto.

Si hablamos de “herencia recibida”, un yunque ere etéreo al lado de lo que traía a cuestas el bastón presidencial: el país sumido en la más profunda depresión económica y en el mayor descreimiento de la ciudadanía en sus instituciones y en la política; una deuda externa de 180 mil millones de dólares; default; una desocupación de más del 25%; economía del trueque; monedas paralelas; cierre masivo de fábricas; emigración en masa… Se dice que el país estaba al borde del abismo, pero están equivocados. Ya había caído, y era profundo. No alcanzaba con quedarse quieto o moverse, había que trepar, y descalzos.

Ese 25 de mayo de 2003 se puso el país al hombro y entró en la Casa Rosada sin dejar sus convicciones en la puerta. Y por eso la “herencia recibida” nunca fue una coartada, ni una excusa, porque no las necesitó. Por el contrario, Néstor hizo más de lo que prometió y más de lo que cualquier prudente o tibio esperaba de su gestión.

Encaró una durísima y desgastante negociación con los acreedores externos y redujo la deuda en un espectacular 73%. Parece que resultó muy creíble cuando afirmó: “No se puede volver a pagar deuda a costa del hambre y la exclusión de los argentinos, generando más pobreza y aumentando la conflictividad social (…) los acreedores tienen que entender que sólo podrán cobrar si a la Argentina le va bien”. Cuando asumió, las reservas eran de tan sólo 11.100 millones de dólares y el peso de la deuda externa pública equivalía al 166 por ciento del PBI nacional. Néstor inició uno de los procesos de desendeudamiento externo soberano y de recuperación de reservas más exitosos de la historia económica global.

Colocó al Estado como protagonista e impulsor de la economía, y por eso, a pesar de que asumió la presidencia con más desempleados que votos, al final de su mandato había 5.000.000 de empleos creados y 200.000 nuevas empresas. Y todo este crecimiento sin recortar derechos sociales. Por el contrario, extendió la cobertura jubilatoria a millones de jubilados no protegidos por el sistema, construyó miles de viviendas, aumentó el presupuesto educativo y se llegó a construir a razón de una escuela por día en todo el país. Redujo drásticamente la pobreza y quebró la línea ascendente de desigualdad, reduciendo también la brecha entre los ingresos de los más ricos y los más pobres. En definitiva, logró un crecimiento económico extraordinario si se tiene en cuenta la situación de partida, sin resignar ampliaciones de derechos y la redistribución equitativa de esa riqueza.

Pero por si lo anterior no fuera ya suficiente, su política en materia de Derechos Humanos es un ejemplo en todo el mundo y un legado histórico incuestionable: impulsó en el Congreso la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, permitiendo el enjuiciamiento de cientos de represores. No hubo procesos indiscriminados ni vengativos, sino que cada caso avanzó con una fuerte documentación respaldatoria; creó la Unidad Fiscal de Coordinación y Seguimiento de las causas por violaciones a los Derechos Humanos cometidas durante el terrorismo de Estado y apoyó activamente las luchas de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.

Néstor KirchnerAsí, un presidente que llegó con sólo un 22% de los votos, trabajó su legitimidad cada día de su mandato y con cada decisión de gobierno. La prueba de haber honrado con creces el mandato popular es que -contrariamente a lo que normalmente ocurre- dejó la presidencia con más de un 60% de respaldo ciudadano. Fue un líder excepcional que afortunadamente llegó cuando más se lo necesitaba, y lamentablemente se fue, hace hoy cinco años, cuando todavía lo necesitábamos.

Pido perdón a los lectores, pero me resulta inevitable la comparación con el presidente del gobierno de España, Mariano Rajoy, que a días de cumplir cuatro años de gobierno, mientras el país continúa sin revertir la situación de desempleo y estancamiento, y se pierden derechos laborales, económicos y sociales a marchas forzadas (en una legislatura los derechos retrocedieron un siglo), todavía sigue hablando de la “herencia recibida” cada vez que tiene micrófono.

Mariano Rajoy - Plasma“¿A mí me vas a hablar de herencia recibida?” le diría  Néstor a Mariano si lo tuviera enfrente. Lástima que aunque fuera posible ese encuentro, no creo Mariano quisiera aprender de su experiencia. Exceptuando que ninguno de los dos se parece a Paul Newman ni logran que les queden bien los trajes, es difícil encontrar cualquier otra coincidencia. Y para ello, dos imágenes valen más que dos mil palabras.

 

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Llegó a la presidencia de la República Argentina el 25 de mayo de 2003, con apenas un 22% de votos (cuando su adversario se apeó de su candidatura para impedir una segunda vuelta y escamotearle la legitimidad de una mayoría electoral, no imaginó que sería capaz de construir su propia legitimidad con cada acto de gobierno, desde el primer día hasta el último de su mandato).

La manera en la que Néstor llegó a la presidencia me recuerda a esa escena típica de comedia en la que cuando el sargento pide un voluntario que dé el paso al frente, dan todos el paso atrás menos uno. Pues así fue, todos los presidenciables del PJ se iban apartando, como si la autopreservación fuera más importante que la responsabilidad histórica. Y ahí quedó, solito, Néstor Kirchner. Había sido intendente de la entonces capital más austral del continente, y luego gobernador de la provincia más despoblada del país. Era un dirigente militante, y aunque no parecía su momento, aceptó el reto.

Si hablamos de “herencia recibida”, un yunque podía considerarse una pluma al lado de lo que traía a cuestas el bastón presidencial: el país sumido en la más profunda depresión económica y en el mayor descreimiento de la ciudadanía en sus instituciones y en la política; una deuda externa de 180 mil millones de dólares; default; una desocupación de más del 25%; economía del trueque; monedas paralelas; cierre masivo de fábricas; emigración en masa…

Ese 25 de mayo de 2003 se puso el país al hombro y entró en la Casa Rosada sin dejar sus convicciones en la puerta. Y por eso la “herencia recibida” nunca fue una excusa para incumplir sus promesas. Por el contrario, Néstor hizo más de lo que prometió y más de lo que cualquier prudente o tibio esperaba de su gestión.

Encaró una durísima y desgastante negociación con los acreedores externos y redujo la deuda en un espectacular 73%. Parece que resultó muy creíble cuando afirmó que “No se puede volver a pagar deuda a costa del hambre y la exclusión de los argentinos, generando más pobreza y aumentando la conflictividad social (…) los acreedores tienen que entender que sólo podrán cobrar si a la Argentina le va bien”. Cuando asumió, las reservas eran de tan sólo 11.100 millones de dólares y el peso de la deuda externa pública equivalía al 166 por ciento del PBI nacional. Néstor inició uno de los procesos de desendeudamiento externo soberano y de recuperación de reservas más exitosos de la historia económica.

Colocó al Estado como protagonista e impulsor de la economía, y por eso, a pesar de que asumió la presidencia con más desempleados que votos, la dejó con 5.000.000 de empleos creados y 200.000 nuevas empresas, Y todo este crecimiento sin recortar derechos sociales. Por el contrario, extendió la cobertura jubilatoria a millones de jubilados no protegidos por el sistema, construyó miles de viviendas, aumentó el presupuesto educativo y se llegó a construir a razón de una escuela por día en todo el país. Redujo drásticamente la pobreza y quebró la línea ascendente de desigualdad, reduciendo también la brecha entre los ingresos de los más ricos y los más pobres. En definitiva, logró un crecimiento económico extraordinario si se tiene en cuenta la situación de partida, sin resignar la ampliaciones de derechos y la redistribución equitativa de esa riqueza.

Pero por si lo anterior no fuera ya suficiente, su política en materia de Derechos Humanos es un ejemplo en todo el mundo y un legado histórico incuestionable: impulsó en el Congreso la derogación de las leyes de Obediencia de Vida y Punto Final, permitiendo el enjuiciamiento de cientos de represores. No hubo procesos indiscriminados ni vengativos, sino que cada caso avanzó con una fuerte documentación respaldatoria, se creó la Unidad Fiscal de Coordinación y Seguimiento de las causas por violaciones a los Derechos Humanos cometidas durante el terrorismo de Estado, y se apoyó activamente las luchas de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.

Así, un presidente que llegó con sólo un 22% de los votos, trabajó su legitimidad cada día de su mandato y con cada decisión de gobierno. La prueba de haber honrado con creces el mandado popular es que -contrariamente a lo que normalmente ocurre- dejó la presidencia con más de un 60% de respaldo popular. Fue un líder excepcional que afortunadamente llegó cuando más se lo necesitaba, y lamentablemente se fue cuando aún se lo necesitaba.

Pido perdón a los lectores, pero me resulta inevitable la comparación con el presidente del gobierno de España, Mariano Rajoy, que a días de cumplir tres años de gobierno, mientras el país continúa sin revertir la situación de desempleo y recesión y se pierden derechos laborales, económicos y sociales a marchas forzadas (en una legislatura los derechos retrocedieron un siglo), todavía sigue hablando de la “herencia recibida” cada vez que tiene micrófono.

¿A mí me vas a hablar de “herencia recibida”? le diría seguramente Néstor a Mariano. Lástima que aunque fuera posible ese encuentro, no creo Mariano tomara ninguna lección. Exceptuando que ninguno de los dos se parece a Paul Newman y que ninguno logra que le queden bien las chaquetas del traje, es difícil encontrar cualquier otra semejanza. Y para ello, dos imágenes valen más que dosmil palabras.

Néstor Rajoy

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