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Archive for the ‘Igualdad’ Category


“¿Y vos qué sabés, si no vivís acá?”, es lo que nos dicen cuando no les gusta nuestra opinión. En cambio, si les damos la razón, nos premian con un “hasta los de afuera se dan cuenta”.

En realidad vivir afuera del país, ni nos incapacita para opinar, ni nos otorga la calidad de voz autorizada. Los que estamos en el exterior somos, primero que todo, argentinos. Nada más, ni nada menos. Las razones por las que estamos fuera de nuestro querido país y las circunstancias en las que nos encontramos, son tantas y variadas como personas somos. Y son personalísimas y privadas, por supuesto.

Argentina es para mí como una pintura impresionista ¿Vieron cuando uno mira un cuadro de Monet? Si te parás cerca sólo distinguís manchones de colores, pero si te alejás para contemplarlo, entonces visualizás perfectamente las flores sobre el agua, el puente, las lilas… Te alejás y… entonces, lo entendés.

Lo que sí es una constante entre muchos –muchísimos- de los argentinos que estamos fuera, es que el país nos importa tanto o más que cuando estábamos ahí. Nunca menos. Claro que no vivimos la cotidianeidad del día a día, no somos los que sufrimos un corte de luz o un atasco por obras, ni los que nos beneficiamos usando la SUBE o visitando Tecnópolis y los nuevos centros culturales. Pero no por eso se nos deja de arrugar el alma cuando las cosas no van bien, o nos llenamos de orgullo cuando se alcanzan logros como la recuperación de YPF, el matrimonio igualitario, la recuperación del empleo, la reducción de la pobreza, la soberanía satelital, y muchos más motivos de los que éstos son sólo unos pocos ejemplos.

Claro que no todos los argentinos en el exterior pensamos ni actuamos igual, pero somos muchos los que nos planteamos permanentemente qué podemos hacer por el país desde nuestro lugar. Y entonces nos encontramos con que cada uno de nosotros se convierte en un pequeño embajador popular de nuestro país en el extranjero.

Y así, un día nos damos cuenta de que somos militantes, no necesariamente de un partido, pero sí de un proyecto de país. Del proyecto que nos llena de orgullo. Y entonces nos ponemos a explicar boca a boca a cada español enfadado por lo de YPF, qué es lo que significa soberanía energética y recursos naturales, y lo importante que sería para ellos que -en lugar de defender los intereses de una multinacional que tributa en paraísos fiscales- exigieran a sus representantes que hagan lo mismo. Y ni hablar cuando el tema es la memoria histórica y los juicios a los responsables de delitos de lesa humanidad. O cuando contamos que, a pesar de todas las dificultades de las últimas décadas, en nuestro país el acceso a la universidad no dejó de ser gratuito, y que en los últimos años han obtenido el título universitario muchos jóvenes que son la primera generación de universitarios de familias obreras. O cuando damos verdaderas lecciones sobre finanzas internacionales explicando qué son los “fondos buitre” y la importancia de la lucha que está llevando a cabo la República Argentina en todas las instancias, incluso la ONU. Y estos son sólo, como decía más arriba, unos pocos ejemplos.

Particularmente, como integrante del Patronato de la Fundación Internacional de Derechos Humanos, que cada 10 de diciembre desde 2009 otorga el Premio Nicolás Salmerón de DDHH, siento un especial orgullo que el jurado de los premios, independiente y compuesto por personalidades del ámbito político, social y cultural de España y otros países, casi todos los años elija para alguna de las categorías un argentino. Así, en 2011 en la categoría internacional fue otorgado precisamente a nuestra Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, en 2013 a Abuelas de Plaza de Mayo, y en 2014 al General de la Nación Juan Jaime Cesio (fundador del CE.MI.DA). Al lado de otros premiados por la lucha que estaban llevando a cabo (algunos encarcelados y otros desde la casi clandestinidad) los premios a los argentinos eran por su lucha, sí, pero esencialmente por los logros tangibles ya alcanzados.

También nos tocó ser embajadores populares en los momentos más oscuros.  Algunos de nosotros ya estábamos residiendo en el exterior, y no nos olvidamos lo que vivimos en ese aciago diciembre de 2001. Despertarnos escuchando las noticias que contaban que en nuestro país moría gente en las protestas. Llegar llorando a la oficina y explicar que las lágrimas eran por mi país. Llorar por mis connacionales y porque en una semana decenas de miles de inmigrantes volvieron a sus países porque el nuestro ya no tenía un futuro que ofrecerles. Otros, como mi amigo Alejandro que ahora vive en Zurich -y a quien conocí justamente militando por la continuidad de este proyecto- estaban en ese oscuro diciembre de 2001 en Argentina, viviendo la inseguridad (sí, la inseguridad) y la violencia en las calles durante esos días. Represión, estado de sitio, no poder salir de su propia casa. Después el trueque, los patacones, la incertidumbre sobre el futuro, la desazón, el quiebre social, hambre y pobreza por donde fuera que se mirara.

Será por eso que para observar esa pintura que es la Argentina, los que estamos afuera nos esforzamos especialmente en no mirar los manchones sino en sentir las impresiones, en mirar el conjunto. Y ese conjunto nos dice que, a pesar de las manchas de pintura y de las manos embadurnadas del artista (ninguna creación es prolija y limpia, ni perfecta, crear implica ensuciarse, y también equivocarse y rectificar) el cuadro que vemos nos muestra figuras y luces que creíamos que jamás volveríamos a contemplar.

Es cierto que podríamos criticar a la gestión cosas que hemos criticado también a gobiernos anteriores, o a la mayoría de gobiernos del mundo, pero lo más importante es que al mismo tiempo podemos elogiar logros que hace décadas ya no nos atrevíamos ni a soñar. Por eso es que nosotros, como muchos argentinos en el exterior, militamos activamente para no volver atrás. Lo hacemos por el país, por nuestros hijos, amigos y familiares, los hacemos por los otros, pero también por nosotros. Porque no soportaríamos ver que se repite la historia. ¿Que no nos afecta? ¡Claro que nos afecta! Las personas solidarias, los que tomamos como propio eso de “la Patria es el otro”, no podemos ser felices cuando la Patria sufre, cuando los nuestros pierden lo que tanto costó conseguir.

Somos muchos los argentinos en el exterior que queremos a nuestro país, y que nos hemos convocado espontáneamente detrás de una única bandera: Por nuestros hijos, amigos y familiares, por los otros y por nosotros, no queremos volver al 2001.

Pase lo que pase el 22 de noviembre, seguiré sintiendo orgullo de mi país, pero hoy milito por la continuidad de un proyecto que nos permitió volver a soñar y volveré a hacer 350 km. hasta el Consulado en Barcelona para votar. El 22 de noviembre votaré SCIOLI-ZANNINI.

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El 21 de marzo es el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, en recuerdo de la matanza de Sharpeville, que tuvo lugar en Sudáfrica ese mismo día de 1960, cuando la policía abrió fuego contra una manifestación que protestaba contra el régimen del apartheid o segregación racial. Murieron 69 personas de raza negra –entre ellos niños- y 180 resultaron heridos.

Medio siglo después de la masacre de Sharpeville la discriminación racial sigue presente. No de la misma forma, por supuesto. El racismo violento –afortunadamente- se reduce a grupos de inadaptados, en muchos casos manipulados por agrupaciones políticas de extrema derecha. Aún así, siguen siendo marginales, y su violencia se combate con el Código Penal. Son delincuentes, y así deben ser tratados. Esos no me preocupan.

La discriminación racial que de verdad me preocupa y más extendida en nuestro entorno es ese racismo de baja intensidad, ese racismo que busca aprobación social y se entremezcla con la xenofobia, al punto que racismo y xenofobia pueden considerarse en esencia, lo mismo. Miedo al diferente que se manifiesta de diversas formas, desde el desprecio e invisibilización, hasta la agresión física, pasando por el convencimiento de que somos superiores, y de que son “ellos” los que deben cambiar y ser como “nosotros”, renunciando a su cultura si quieren que los aceptemos. Y me preocupa porque esa es la base sobre la asientan su crecimiento los partidos de ultraderecha en épocas de crisis económica. Como si de los recortes de salarios, salud pública, educación, etc., fueran culpables los inmigrantes y no los señores de traje y corbata que juegan a la ruleta con nuestro bienestar.

La mayoría de estas conductas discriminatorias vienen de personas que no se consideran racistas. “Yo no soy racista, pero…” y después el mazazo discriminatorio “no sé que hacen aquí, no se integran, comen cosas raras, se llevan las ayudas, nos quitan el trabajo…”. ¿Por qué es tan típica esta situación? Porque la xenofobia no deja de ser una distorsión en la percepción de la realidad, que nos hace sobrevalorar nuestra cultura, nuestra etnia y nuestras costumbres por sobre las demás. Pero el xenófobo no se acepta como tal, ya que no es consciente de su alteración en la percepción de la realidad.

El xenófobo no ve una persona, ve un extranjero. Allá donde lo que hay es un trabajador como él, ve un inmigrante que amenaza su empleo. Donde hay un emprendedor, ve un inmigrante al que seguro han ayudado más que a él. Donde hay un paciente, ve un extranjero que abusa de la sanidad pública. Su enfermedad consiste precisamente en no ver a la persona, y ver sólo la amenaza del diferente.

A esta altura algún lector pensará: “no será tan así… en muchos casos tendrán razón.” ¿Lo vemos en ejemplos? Los siguientes son sacados de la vida cotidiana.

Caso 1: A los extranjeros les dan preferencia en la sanidad pública

El señor hace cola para pedir cita a un especialista, justo delante de mí. Delante de él una joven latina. El señor se sentía algo molesto porque parece que no era la primera cola que le tocaba hacer ese día, y para desahogarse se puso a protestar al aire sobre lo mal que funciona la seguridad social en España y sobre cómo los extranjeros eran mejor tratados que los españoles. Buscaba la aprobación en mi cara, que por supuesto no encontró, sino que más bien recibió la siguiente respuesta con todo el acento argentino que pude: “debe haber algún extranjero que tiene beneficios dobles –el de él y el mío-  porque en mi caso, nunca nadie me dio un  trato preferencial por ser argentina.”

El caso es que cuando llega a la ventanilla la joven latina, obtiene cita para la semana siguiente. Le toca al señor enfadado y le dan cita para tres meses después, hecho que lo llevó a enfadarse aún más e increpar a la empleada que por qué a la extranjera la tratan mejor que a él. A lo que la empleada muy calmada pero muy firme y en voz alta le contestó: “SI USTED ESTUVIERA EMBARAZADO TAMBIÉN LE HABRÍA DADO CITA PARA LA PRÓXIMA SEMANA.”

Eso hacen la xenofobia y el racismo: el señor no vio una persona como él, no vio una paciente como él, no vio una embarazada (que por eso sí era diferente), sólo veía una extranjera morena.

Caso 2: Los extranjeros que abren un negocio no pagan impuestos y los nacionales sí.

Este suele ser un tópico recurrente. Cual leyenda urbana, en España todo el mundo conoce un comerciante nacional que se queja de los impuestos que tiene que pagar, y también conoce (en este caso es más probable que lo conozca el cuñado del primo de un amigo) un chino o un marroquí que acaban de abrir un negocio y no pagan impuestos.

Para desmontar este tópico es suficiente con responder: “No estoy enterado/a de que existan tales beneficios, pero supongo que si Ud. lo dice será porque conoce la ley o reglamento. Es más, las personas afectadas por esa situación deberían reclamar las mismas exenciones. ¿Podría decirme cuál es esa ley?”

De hecho, cuando he utilizado esta respuesta, lo más parecido a una exención para extranjeros que me han mostrado fue un convenio de doble imposición internacional entre España y China, que es moneda corriente entre un montón de países del mundo y que -entre otras cosas- sirve para que las empresas españolas puedan exportar sus productos a China -y crear empleo en España- sin tener que pagar impuestos en China. O sea: de exención para extranjeros… ni hablar.

La realidad es que las exenciones impositivas -muy pocas- ayudas y créditos blandos se dan –bajo determinadas condiciones- a todo emprendedor, independientemente de que sea nacional o inmigrante. Pero el xenófobo razona de esta manera: Manolo el de la peluquería de la esquina de toda la vida, no tiene ningún beneficio. Ahmed que acaba de abrir un peluquería, le han bonificado determinados impuestos y le han dado subvenciones. El xenófobo pensará: el marroquí tiene subvenciones y el nacional no. Porque en lugar de ver a un a un emprendedor -que es lo que le da derecho a las ayudas tanto si es nacional como inmigrante- ve al extranjero. La ayuda que recibe por la misma e idéntica razón un nacional no es noticia. La ayuda que recibe un extranjero automáticamente es vista como “ayuda para extranjeros”.

Caso 3: Los extranjeros desempleados reciben más ayudas que los nacionales.

Este comentario que tuve oportunidad de leer es antológico y se explica por sí mismo: “A mí no me dieron el subsidio de desempleo y a mi vecino que es extranjero sí. Yo tengo más derecho porque soy nacional.”

Claro,  el hecho de que para acceder a las prestación de desempleo es que haya realizado los correspondientes aportes -seas o no extranjero- es irrelevante para el xenófobo. ¿Acaso creerá que los extranjeros deben realizar los aportes obligatorios pero luego no recibir la prestación? O cuando hablamos de subsidios no contributivos, el hecho de que la razón por la que se concede o no esa ayuda es la existencia de cargas familiares resulta irrelevante para el xenófobo, que no ve que la razón para recibir o no dicho subsidio es tener o no tener hijos. Lo único que ve el xenófobo es al extranjero, e incluso llega a opinar cuando se le responde que el subsidio no lo recibe por ser extranjero sino por tener más cargas familiares.: “pero los extranjeros tienen más hijos que nosotros, así que también se benefician más.”

Es una respuesta real, dada por una persona que jura y perjura que no es xenófoba.

Caso 4: El gobierno beneficia la contratación de trabajadores extranjeros por sobre la contratación de nacionales

Esta vez, al igual que en el caso 2, opté por solicitarle a la persona que hacía esta afirmación la norma en la que se basaba. Y me adjuntó esto una resolución del ministerio de trabajo, del año 2011, que incentivaba la contratación de desempleados que provinieran del sector de la construcción.

Cuando le comenté que seguía con mi ignorancia porque en ninguna parte del documento podía encontrar la palabra extranjero, inmigrante, o similar, su respuesta fue: “La construcción es uno de los sectores incentivados con reducción de cuotas de la seguridad social, y como el sector de la construcción empleaba mucha mano de obra inmigrante, ahora hay un montón de desempleados extranjeros provenientes de ese sector que tienen incentivada su contratación y tendrán más facilidad para encontrar empleo.”

Otra vez viendo al extranjero, antes que a un trabajador del sector más castigado por la crisis, y cuya contratación se incentiva, tanto si es inmigrante o nacional. La xenofobia no permite ver al trabajador desempleado igual que muchos otros, sólo deja ver al extranjero, aunque en ese incentivo para la contratación, la nacionalidad no tenga nada pero nada que ver.

El caso de los casos, para la antología del disparate: Ana Botella y la inseguridad en la Comunidad de Madrid.

El 5 de febrero de 2003 fue un día infausto en la Comunidad de Madrid. 4 muertos por homicidio, resultado de tres hechos violentos, todos el mismo día. Preguntada por esos cuatro asesinatos, la esposa del entonces Presidente del Gobierno y candidata a concejal por el PP, Ana Botella, tardó décimas de segundo en vincular el aumento de la delincuencia a la llegada de inmigrantes.

http://www.elpais.com/articulo/espana/Ana/Botella/vincula/aumento/delincuencia/llegada/inmigrantes/elppor/20030206elpepunac_6/Tes

De ninguna de esas cuatro muertes en Madrid fue imputado un inmigrante, ni siquiera investigado. Desde el primer momento las investigaciones policiales se dirigieron a españoles que terminaron condenados por ello, uno de los cuales resultó ser un asesino en serie, el “asesino de la baraja”. http://www.elpais.com/articulo/espana/personas/fallecen/asesinadas/24/horas/Madrid/Navarra/elpepiesp/20030206elpepinac_26/Tes

Ana Botella nunca se disculpó por sus declaraciones. Simplemente que la habrán entendido mal.

¿Y tú, a quien ves cuando ves a un inmigrante?

 

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El joven no entendía por qué tanto enfado con el Ministro francés que ordenó expulsar a todos los gitanos rumanos, de vuelta a Rumania:

Estos de los derechos humanos ya se pasan!!! Es cierto que delincuentes e impresentables hay de todos orígenes y colores, no es que yo sea racista ni “xenófago” o como se diga eso, pero a éstos que no son franceses -pensaba el joven- no tienen por qué aguantarlos. Además, yo estoy en España, qué me importa. Bastante tengo con lo mío, hace dos años ya que no tengo curro, nadie necesita un albañil. Y sin pasta tampoco puedo estudiar otra cosa…
En fin… voy a seguir echando currículums, a ver si hay suerte. Ahora hay que tener suerte hasta para que te reciban el currículum, y ni hablar para que al menos lo lean. Creo que tengo más posibilidades de ganar la lotería que de encontrar algún curro. Y encima te encuentras con que está lleno de extranjeros trabajando. No tengo nada contra ellos, pero ¿no debería ser los españoles primero cuando somos tantos los que estamos parados? 6.000.000 de desempleados, si los de afuera se volvieran todos a su país seguro que la mitad de los españoles encuentra trabajo.
Ayer mismo pasé por una empresa de transporte a echar el curriculum (no he repartido nunca, pero no me importa y aprendo rápido, además me gusta conducir), cuando llegué había un montón de conductores descargando, y resulta que también había colombianos, venezolanos, uruguayos, argentinos, marroquíes, rumanos, y un par de negros africanos. Cuando localicé a un español le pregunté dónde dejar el CV y llamó a la responsable: “Claudia, ¿puedes bajar que hay un chico que pregunta por trabajo?” Era también extranjera!!!!!
No puede ser, si dan ganas de hacerse de esos con la cabeza rapada y las botas, un “esquínjed” de esos. Ya sé, voy a escribir a los de la empresa de transporte y les exigiré que despidan a todos los extranjeros y contraten nacionales o les mando una inspección de trabajo y de hacienda y de todo lo que pueda. Nadie está limpio del todo, seguro que se asustan. Decidido. No les va a salir barato tener tantos extranjeros. Alguien tiene que hacer algo o este país se va al carajo.
Primero los de casa ¿no? Si tus hijos pasan hambre no le vas a regalar comida al vecino. Pues acá pasa lo mismo. Si hay españoles en paro no vamos a regalar empleo a los de afuera!!!
Bueno, a seguir. Me voy para Llanera de Ranes que me dijeron que van a contratar albañiles para unas obras viales y la nueva planta de residuos también pide gente.

– Buenas… ¿es acá donde hay que apuntarse para la obra vial?
– Sí, déjeme el currículum.
– Tome. Como verá, soy albañil con mucha experiencia, español, y hablo valenciano.
– ¿Es vecino de Llanera? Porque acá Ud. pone que vive en Valencia.
– No, soy de Alzira de toda la vida, pero ahora vivo en Valencia.
– Lo siento entonces, se ha decidido contratar solamente a vecinos del pueblo. Tome, llévese el currículum, si lo deja irá a la basura.

Esta historia es una ficción basada en distintos hechos e informaciones reales, vividos o presenciados por la autora.

María Claudia Cambi

Valencia, 25 de septiembre de 2013

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Jonas SalkJonas Salk fue un señor nacido en Nueva York en 1914, hijo de una familia inmigrante ruso-judía sin educación, nacido y criado en Harlem, Queens y el Bronx.  Sin “estirpe”, sin dinero, y estudiante de escuela pública, descubrió la primera vacuna contra los tres virus de la poliomielitis que permitió la erradicación de una enfermedad considerada hasta entonces un flagelo universal.

El incentivo de Salk para salvar millones de niños de la poliomielitis no fue el incentivo económico.  Cuando el célebre periodista Eduard R. Murrow le preguntó en una entrevista televisiva quién poseía la patente de la vacuna, respondió:
Bueno, la gente, diría yo. No hay patente. ¿Podría usted patentar el Sol?” (1)

Jonas Salk echa por tierra los postulados ideológicos del Partido Popular, el que gobierna el Reino de España.  Jonas Salk es sólo un ejemplo conocido de millones más que contradicen la afirmación de que los hijos de “buena estirpe” son superiores a los demás y están predestinados para ello, y que no es cierto que “el supremo incentivo para estimular la productividad y el progreso son las primas de producción”.  (2)

Los Energéticos, de Manel Fontdevila. Publicado en eldiario.es, 5/8/2013. http://www.eldiario.es/vinetas/energeticos_10_161433856.html

Los Energéticos, de Manel Fontdevila. Publicado en eldiario.es, 5/8/2013. http://www.eldiario.es/vinetas/energeticos_10_161433856.html

“¡Vamos a demostrar que ni Jonas Salk ni nadie como él son ejemplo de nada! ¡Vamos a demostrar que se equivocan! ¡Vamos a demostrar que sí se puede patentar el Sol!” Así me imagino a Mariano Rajoy y su Ministro de Industria cuando el pasado 18 de julio remitieron a la Comisión Nacional de Energía el proyecto de decreto que establece que si generas y consumes tu propia energía solar o eólica, tienes que pagar un “peaje” que hará que el autoconsumo resulte más caro que comprar la electricidad al oligopolio hidroeléctrico, y todo bajo penalización que puede llegar hasta 30 millones. (3)

¿Quién dijo que no se podría cobrar regalías por “tomar el Sol”? Ah, sí, Jonas Salk, ese hippie.

María Claudia Cambi

Valencia, 6 de agosto de 2013.

(1) Entrevista a Jonas Salk en CBS Televisión, en See It Now (12 de abril de 1955), citado en Disparos en la oscuridad: la búsqueda de una díscola vacuna contra el SIDA (2001) de Jon Cohen.

(2) “RAJOY, BLAQUIER, Y LA ENVIDIA IGUALITARIA”, de María Claudia Cambi, en  https://dosorillas.wordpress.com/2012/06/12/rajoy-blaquier-y-la-envidia-igualitaria/

(3) http://www.diarioprogresista.es/industria-impide-el-autoconsumo-electrico-al-hacerlo-mas-caro-que-el-34257.htm

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El 21 de marzo es el Día Internacional contra la Xenofobia y el Racismo en recuerdo de la Matanza de Sharpeville, que tuvo lugar en Sudáfrica ese día de 1960, cuando la policía abrió fuego contra una manifestación que protestaba contra el régimen del apartheid o segregación racial. 69 muertos  y 180 heridos, muchos de ellos niños, y todos de raza negra.

Medio siglo después y a pesar de los esfuerzos, la discriminación racial sigue presente, muy presente en nuestro entorno. No de la misma forma, por supuesto. El racismo violento –afortunadamente- se reduce a grupos de inadaptados, en muchos casos manipulados por agrupaciones políticas de extrema derecha. Aún con el peligro que acarrean, siguen siendo marginales, y su violencia se combate con el Código Penal. Son delincuentes, y así deben ser tratados. Esos no me preocupan.

La discriminación racial que sí me preocupa y que es la más extendida es esa de baja intensidad, que busca aprobación social y se entremezcla con la xenofobia, al punto que pueden considerarse en esencia, lo mismo. Miedo al diferente que se manifiesta de diversas formas: desde la invisibilización hasta la agresión física, pasando por el convencimiento de que somos superiores, y de que son “ellos” los que deben cambiar y ser como “nosotros”, renunciando a su propia cultura si quieren que los aceptemos, ya que las sensibilidades culturales y religiosas que tenemos que respetar son la “de aquí”, no las de ellos, que son “de fuera”. Eso sí, siempre acompañado de la aclaración de que “no soy racista, pero…”.

El racismo de baja intensidad de la gente como tú y como yo, del vecino, de la compañera de trabajo, de la recepcionista, del que atiende el teléfono y se pone en guardia cuando el otro habla con acento, del que cree que el inmigrante de la tienda de la esquina no se entera de sus burlas.

El racismo de quien compró el discurso xenófobo y creyó de buena fe que la solución al desempleo venía de la mano de mandar los inmigrantes de vuelta a sus países de origen, como si de deshechos industriales se tratara, que aplaudió las detenciones arbitrarias, la privación de derechos, la criminalización de una persona sólo por ser. Que votó a los candidatos que anunciaban que privarían a los inmigrantes del derecho a la salud, a la educación, a las ayudas sociales y a la vivienda. Que sabía que no estaba bien, que no era solidario ni era caridad cristiana, pero qué diablos… era por el bienestar y el empleo de “los de aquí”.

Siempre habrá alguien que lo justifique diciendo: "los que marginan son ellos!!".

Siempre habrá alguien que lo justifique diciendo: “los que marginan son ellos!!”.

El racismo de quien -ahora que se han ido por voluntad propia o a la fuerza no sólo muchos inmigrantes sino también muchos nacionales- ve que el desempleo sigue su escalada hasta porcentajes que parecen de ficción, que disminuye la recaudación impositiva y que entonces nos dicen que el problema está en que el Estado de Bienestar es obsoleto, que si el Estado gastara menos en mantener la salud pública y la educación y aceptáramos pagar aún más por ello habría más dinero para crear empleo y dinamizar la economía, que “achicar el Estado es agrandar la nación”, y entonces hay más desempleo, y se restringen también al máximo las ayudas a los desempleados.

Mientras tanto, los Bancos. Unos han tenido ganancias récord –en su cuenta de resultados y en la remuneración de sus directivos- y otros gestionados ruinosamente han sido rescatados con dinero público, dinero nuestro. Los Bancos que son los profesionales del crédito pero que son tratados por la Justicia como si fueran la víctima incauta frente al contrato de adhesión que el deudor hipotecario poderoso y manipulador de precios del mercado le ha obligado a firmar. Los Bancos a los que damos nuestro dinero público barato para que nos lo presten  más caro y así pagar la deuda pública contraída para rescatarlos a ellos mismos (así de simple, de tonto, y de criminal). Los Bancos que cada día dejan cientos de familias en la calle para quedarse con la vivienda vacía más la vivienda del jubilado avalista de su hijo hipotecado.

Y ahora es cuando –muy tarde ya- muchos “que no son racistas, pero…” se dan cuenta de que los han engañado. Ahora es cuando advierten que no es luchando por “lo de uno” cómo se conservan los derechos propios, sino luchando por los derechos de todos.  Que los derechos propios no pueden estar garantizados cuando no están garantizados los derechos ajenos.

En eso consiste, precisamente, la diferencia entre derechos y privilegios. Mientras los privilegios se basan en la privación del prójimo, en disfrutar lo que los demás no, los derechos tienen una matemática maravillosa: mientras más se amplían los derechos ajenos, más garantizados tenemos los nuestros. Y mientras más amenazados estén los derechos ajenos, más en peligro estarán los nuestros. ¿Por qué? Porque en una sociedad que consiente la exclusión y la discriminación, nunca perderás el miedo de que el próximo excluido o discriminado seas tú.

¿Qué hubiera pasado si el 10% -sólo el 10%- de quienes ahora se movilizan contra despidos o contra desahucios, nos hubieran acompañado cuando sólo éramos “cuatro almas” los que  nos movilizábamos contra las expulsiones de seres humanos y los Centros de Internamiento de Extranjeros, por los derechos de los más vulnerables de la sociedad en ese momento?

Quizás –sólo quizás- ahora no estaríamos luchando por derechos que creíamos asegurados. Quizás los que nos están robando nuestros derechos se hubieran encontrado con la resistencia de una sociedad más unida y solidaria. Quizás, si el por entonces Presidente del Gobierno hubiera sabido que contaba con la red de una ciudadanía solidaria y combativa no por sus intereses sino por los derechos de todos, y dispuesta a plantarse de verdad frente a los poderes fácticos y especulativos…. quizás no se hubiera dejado torcer el brazo y no hubiera firmado los decretos que jamás creyó que firmaría.

Mohamed Aziz frente a la vivienda de la que fue desalojado en 2011.

Mohamed Aziz frente a la vivienda de la que fue desalojado en 2011.

Y en medio de todo esto, nos encontramos con que el ciudadano que luchó y logró el dictado de la reciente sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea que pone en jaque al sistema hipotecario español y abre el camino de la recomposición del equilibrio de derechos y paralización de los desahucios…  se llama Mohamed Aziz, y es un inmigrante marroquí.

No puedo evitar preguntarme: ¿Cuántos de los posibles beneficiarios de su perseverancia habrán mirado, opinado y actuado con algún grado de desprecio o resentimiento frente a ese inmigrante que “les robaba el empleo y las ayudas sociales” cuando las cosas se pusieron difíciles?

Para terminar, las palabras de mi amiga Leire Diez al conocer la noticia: ¿La sociedad se dará cuenta de que la historia devuelve a los intolerantes bofetones de dignidad de quienes sufrieron los ataques?

María Claudia Cambi

Valencia, 21 de marzo de 2013.

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“Vuestra sociedad ideal es también una sociedad opresora”, dijo el anarquista al comunista. “No tenéis organización ni ideología y así no llegaréis a nada”, dijo el comunista al indignado. “Sois bipartidistas”, dijo el indignado al socialista. “Vuestra abstención termina beneficiando a la derecha”, dijo el socialista al anarquista.

Mientras tanto en la Moncloa, el presidente del gobierno junto al hombre de negro de los mercados se aprestaba a firmar el decreto que borraría los últimos vestigios de los derechos sociales y la igualdad de oportunidades. En la calle, ante la indiferencia de los viandantes, un grupo de fascistas insultaba a un inmigrante.

“Aunque mi ideal es una sociedad sin autoridad ni jerarquías, respeto vuestra vocación de poder y vuestras acciones a favor de una mayor igualdad y solidaridad social”, dijo el anarquista al socialista. “Un llamado de atención a los representantes y la exigencia de más democracia, no debería considerarse nunca inoportuno”, reconoció el socialista al indignado. “Indignarse es un gran comienzo, pero es cierto que no llegaremos a ningún lado si sólo nos quedamos en eso”, reconoció el indignado al comunista. “Creo que la sociedad sin jerarquías es sólo una utopía, pero es una bella utopía, y al fin y al cabo, son ellas las que nos hacen avanzar”, dijo el comunista al anarquista.

Entonces el hombre de negro se volvió por donde vino y el presidente del gobierno firmó un decreto convocando a elecciones, mientras los fascistas se dispersaban avergonzados ante el reproche espontáneo de los vecinos.

María Claudia Cambi

Nota de la autora: el texto que me inspiró es “Oh quepis, quepis, que mal me hiciste”, un cuento corto de Mario Benedetti. ¡¡¡¡Gracias Silvana por traerlo!!!!

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Hace unos días publiqué un artículo en este mismo blog compartiendo mis ideas acerca del feminismo y de su justificación en la lucha por una igualdad real de géneros, con la finalidad de hacer pedagogía sobre una confusión de conceptos -demasiado extendida para mi gusto- en la que caen alguna personas, que creen que el feminismo cree en la superioridad de la mujer y busca “dar vuelta la tortilla” para disfrutar de los privilegios masculinos, a la manera de un machismo pero al revés. Quien tenga interés lo puede leer aquí:
https://dosorillas.wordpress.com/2012/06/06/feminismo-porque/

Tengo asumido que el esfuerzo pedagógico que hay que hacer en este sentido es mucho, así como que muchas personas  creen sinceramente que la igualdad real de géneros puede conseguirse por otras vías distintas que el feminismo. Pero hay algo que no puedo digerir de ninguna manera, y es la victimización de los machistas ante la pérdida de sus privilegios. Los privilegios de unos se basan en la carencia de derechos de otros. No hay vueltas. Los privilegios son excluyentes. Los privilegios machistas sólo se sostienen ante la carencia de derechos y de igualdad de oportunidades de las mujeres. Por eso no es legítimo defender privilegios. NO SE TIENE DERECHO A LOS PRIVILEGIOS.

De lo que se trata es de igualdad de derechos y oportunidades para todos sin distinción de género. Y eso es lo que defiende el feminismo. Nada más. Lo que pasa es que dado el punto de partida de desigualdad tan grande, ha sido y sigue siendo necesario derribar privilegios para conseguir la igualdad. No hay otra forma. Los privilegiados dominaron el Derecho, la organización social y económica, las instituciones, durante siglos, y no movieron un dedo para cambiar las reglas de juego en pos de una igualdad de derechos hasta que no comenzó la lucha de las mujeres por sus derechos.

Afortunadamente, el feminismo no es hoy un movimiento exclusivamente femenino. No hace falta ser mujer para ser feminista, como no hace falta pertenecer a una minoría étnica para luchas por la igualdad racial. Pero a los que denostan el término feminismo, les pregunto: ¿Cómo córcholis pretenden que se llame o que sea un movimiento por la igualdad de derechos de género si hasta que no surgió el feminismo no se movió un dedo por la igualdad? ¿Por qué hubo que luchar por el sufragio femenino si quienes gobernaban tenían la potestad de contemplarlo? ¿Por qué hubo que luchar por la patria potestad compartida en medio de un tremendo rechazo a que la última palabra dentro de la familia dejara de ser del padre? ¿Seguimos con ejemplos? Pongo varios en el artículo que antes cito. Con estos antecedentes y en este entorno, ¿de verdad alguien cree que se puede alcanzar la igualdad de género si no es reclamando el reconocimiento y ejercicio real de derechos del género discriminado?

Si me resulta inaceptable el victimismo de quienes ven amenazados sus privilegios, me produce igual o mayor rechazo el negacionismo. Hay quienes niegan el Holocausto nazi  contra judíos, gitanos, homosexuales y otras minorías. Otros niegan que haya existido en Argentina durante la última dictadura un plan sistemático de genocidio y desaparición de personas, escudados en el “algo habrán hecho”. Ejemplos de negacionismo de este estilo hay demasiados.

También hay personas que a pesar de que un día sí y otro también nos encontramos con mujeres y niños cayendo como moscas a consecuencia de la violencia machista -incluso en países que se proponen seriamente terminar con ella- continúan negando su existencia. Negar el Holocausto o a los desaparecidos recibe -normalmente- rechazo social, pero la violencia de género continúa siendo en muchos casos negada o minimizada -que al fin y al cabo es negarla- desde personas que incluso se consideran progresistas y a favor de la igualdad, escudándose en falacias tales como la existencia de denuncias falsas o la falta de custodia compartida.

Con relación a la custodia compartida de los hijos después del divorcio: he aquí un caso en que los hombres son víctimas del machismo. Los hombres comprometidos durante el matrimonio con el reparto equitativo de las obligaciones familiares -que siguen siendo minoría- se ven perjudicados por el machismo que ha traído una injusta división de roles. Personalmente estoy de acuerdo con la custodia compartida de los hijos cuando antes de la ruptura matrimonial también la custodia y la responsabilidad fue compartida. Son demasiados los hombres que se acuerdan de ello recién después del divorcio, mientras antes toda una sociedad los alentaba a invocar el “hazlo tú que eres su madre”.

Y en cuanto a las denuncias falsas de violencia, no son superiores en proporción estadística que las que hay en cualquier tipo de delitos. Y otra vez es el machismo el que perjudica a los hombres cuando son víctimas de falsa denuncia. Si no encontráramos en los titulares de prensa cada día un caso de violencia contra mujeres e hijos a consecuencia del machismo y del “a mí nadie me abandona”, y si no hubiera habido tantos años de negacionismo en este aspecto con el “es un asunto privado”, no existiría el concepto de violencia de género ni existiría una protección especial de las instituciones. Claro que no toda violencia contra una mujer es violencia de género (un arrebato en la calle es violencia y seguramente no de género) y también hay hombres que son maltratados por sus mujeres. Cuando un hombre es maltratado por su mujer suele terminar siendo víctima no sólo de su pareja sino también del machismo de la sociedad, no sólo por ser una situación poco frecuente, sino porque el propio hombre siente vergüenza de ello: “¡cómo te vas a dejar pegar por una mujer!”.

Personalmente -y más allá de las buenas intenciones- el negacionismo o la relativización de la violencia machista me resulta tan cómplice como el negacionismo del genocidio nazi o el negacionismo de la existencia de un plan sistemático de desaparición de personas en la última dictadura argentina.

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