“¿También buscás noticias de tu hijo?” Habrá sido la primera pregunta.
“Tenemos que unirnos y hacer algo.” Habrá sido la primera afirmación.
Eran madres -como la madre y ama de casa más típica que nos podamos imaginar- que buscaban a sus hijos. Eran mujeres corrientes en circunstancias extremas. Buscaban a sus hijos peregrinando por hospitales, morgues, iglesias, obispados, ministerios, comisarías de policía, cuarteles militares, juzgados…
Argentina, 1977, bajo una dictadura cívico-militar. No tardaron en darse cuenta de que se enfrentaban a un Estado Terrorista. Que los funcionarios y personas influyentes a quienes acudían eran los responsables -autores, cómplices, instigadores o encubridores- de aquello que fuera que les pasaba a sus hijos.
¿Qué hacer si quien tenía que garantizar los derechos de sus hijos era quien los estaba violando? ¿A quién acudir? Silencio, frustración y soledad fueron transformados en visibilidad, lucha y unión. Decidieron apoyarse mutuamente, peregrinar juntas, y reconocerse.
Fue Azucena Villaflor la primera que dijo: “Tenemos que hacernos ver. Tenemos que contar lo que nos pasa.” Y se fueron a la Plaza de Mayo. El sábado 30 de abril de 1977, solamente fueron 14. La semana siguiente decidieron ir el viernes. Seguían siendo poquitas. La siguiente eligieron el jueves.
Se llevaban sus ovillos de lana y juntas, mientras tejían, se pasaban la información. Los policías no tardaron en fijarse en ellas. Había estado de sitio, y las reuniones de más de tres personas estaban prohibidas. “Circulen, circulen, no pueden quedarse acá.”. Y entonces comenzaron a circular, rondando la pirámide central de la Plaza de Mayo, en el sentido contrario a las agujas del reloj. ¿Querían que circulen? Pues eso tuvieron. En las mismas narices del Estado terrorista rompieron el estado de sitio. Marcharon, se manifestaron, fueron cada vez más madres y cada vez más visibles. Y desde entonces y hasta hoy, no dejaron de asistir a la Plaza de Mayo, ni siquiera cuando se decretó el estado de sitio en el diciembre negro de 2001.
Las llamaban locas. Las consideraban trastornadas. Pero la prensa extranjera se empezó a interesar cada vez más en ellas de forma inversamente proporcional a una sociedad paralizada por el terror que prefería no ver ni oír. Para reconocerse entre ellas comenzaron a cubrir su cabeza con un pañuelo blanco, en su mayoría hechos con los pañales de tela de los hijos que buscaban.
Esas madres que buscaban a sus hijos se volvieron peligrosas. En diciembre de 1977 tres de ellas -las que eran consideradas pilares de la organización- fueron secuestradas y desaparecidas. Ester, una paraguaya que ya había encontrado a su hija pero siguió acudiendo en solidaridad a las demás madres, Mary Ponce y Azucena Villaflor, la madre fundadora.
Y es que eran la encarnación misma de la solidaridad. Cuando la policía las hostigaba pidiendo documentos o quería llevarse a una, acudían todas a mostrar sus documentos o pidiendo ser detenidas. Esas “locas” que descolocaban a la autoridad lograban así ganar por cansancio más de una vez y continuar su lucha.
Una lucha constante que superó la censura de los medios de comunicación, el miedo de una sociedad átona, sorda y ciega, que de verdad creía que los desaparecidos “algo habrán hecho”. La historia que siguieron escribiendo es por todos conocida y excede el objetivo de esta nota. Y todavía queda mucho por escribir.
Se enfrentaron al poder de los despachos, las sotanas y las botas. Vencieron a los cobardes y a los dictadores. Rompieron el estado de sitio. Y siguen luchando.
Escribo este personal y minúsculo homenaje a esas grandes mujeres desde España. Desde una España que hoy más que nunca necesita aprender la lección de las Madres de Plaza de Mayo. Unos, para tomar ejemplo de su fortaleza, su unidad, su imaginación y su perseverancia. Los otros, para que tomen nota de que por dormida, apática y paralizada que parezca la ciudadanía, siempre hay unas madres, unos padres, hijos, hermanos, ciudadanos y ciudadanas que mantienen viva la lucha por la Justicia y los Derechos Humanos, y que más pronto que tarde despertarán al resto. No importa cuánto se haga desde el poder por borrar la memoria, por criminalizar la protesta social, por considerar peligrosos a los manifestantes pacíficos, por forzar las normas jurídicas para violar los derechos humanos, o por considerar que la única seguridad jurídica que hay que proteger es la de las grandes corporaciones.
Tomemos nota de la lección de las Madres. Es mi modesto consejo.
María Claudia Cambi
Valencia, 30 de abril de 2012.
Oficialmente era Alejandro Améndola, pero para todos era “El Lalo”, y para sus nietos, Nono Lalo. No recuerdo el día exacto en que murió (cosas de la memoria selectiva, que nos aparta los malos recuerdos), pero sí tengo en mi memoria que murió un Domingo de Ramos, como hoy.




